martes, 7 de agosto de 2012

Las Tres Veces que fui Rey

Ahora que acabamos de celebrar los veinticinco años de la promoción del colegio, me encontré con muchas caras de mi pasado, un poco más arrugadas y canosas, pero siempre trayéndome los gratos recuerdos de una época pasada y feliz. Muchos cuentos, los de siempre, salen a relucir, y nos volvemos a reír de las mismas ocurrencias de aquel entonces. Sin embargo, hay algunos recuerdos de mi época estudiantil que no le pertenecen a nadie más que a mí, y a raíz de este encuentro me han llegado a la cabeza algunos de ellos que hoy quiero compartir.

El Rey de la Pista

Era el año 1980, yo tenía diez años pero lo recuerdo como si fuera ayer. Estábamos en sexto curso, bajo la temible batuta de la Señorita Antonia, conocida entre los niños como “La Jamona”. Para sobrevivir ese año había que tener excelencia académica y una disciplina rígida, cualidades que la hermosa Guadalupe Martínez Arenas, de piel tostada y sonrisa impecable, había traído desde su México natal. No solo era brillante y disciplinada, sino que también era preciosa y gozaba de gran popularidad, sobre todo entre los varones, que suspiramos aquel febrero al verla disfrazada de hawaiana y bailar limbo con una gracia inolvidable.

Guadalupe cumplía años, y ese día llegó a clases con un paquete de invitaciones, algunas diez o quince. Yo la veía acercarse a cada persona repartiendo las invitaciones, y veía cómo le iban quedando cada vez menos, hasta que de repente se acercó a mí y me dio el tan esperado sobre acompañado del flashazo de su sonrisa. Esa tarde me bañé y me cambié temprano, cuando mi papá llegara del trabajo me iba a llevar a casa de mi amiga. Yo no pensaba en otra cosa, toda la tarde me imaginaba aquella niña tan linda con su cola de caballo y su dentadura perfecta.

Al llegar a la fiestecita, me refugié en la galería de su casa con otros chicos, haciendo mía la definición de la palabra pariguayo (anglicismo dominicanizado por “party watcher”). Ella ponía un LP tras otro en el tocadiscos, y yo la veía desde la ventana bailar con desenvoltura y garbo. Cuando cambió el LP puso el soundtrack de Xanadú, la película del momento. De repente se me perdió de vista y en eso siento que me tocan por detrás. Era ella, con su sonrisa deslumbrante, diciéndome que quería bailar conmigo.

Yo solo había bailado con mis hermanas en la sala de mi casa, así que no sabía qué hacer. Ella me tomó de la mano y me llevó a la sala. Sonaba la canción “I’m Alive”, que ahora sé que dura 3 minutos y 44 segundos, y que a mí me parecieron una eternidad, y a la vez un segundo. Me sentía el niño más afortunado del planeta, y bailé con ganas, todo yo, el rey de la pista. Y luego, por alguna razón que no entendí entonces, se me quitaron el apetito y el sueño por varios días. Bailar con Guadalupe aquella canción no solo catapultó mi autoestima (he seguido bailando hasta hoy creyéndome el mejor bailarín), sino que me dio un bello recuerdo que perdura treinta y dos años más tarde.

El Rey del Escenario

En 1983 se me presentó por pura casualidad la oportunidad de demostrar mis dotes histriónicas ante todo el colegio. Yo entré al salón de actos buscando la reunión equivocada, y Juan Ramón Mejía, ex alumno del colegio, estaba dirigiendo una obra de teatro con un grupo de mi curso, para presentarse en la semana cultural de ese año. Me quedé un rato viendo el ensayo y él me preguntó si yo quería actuar. Por supuesto que accedí. Me dijo que mi papel era el más importante, que sin mí no habría obra, y en efecto, eso fue lo que le dije a toda mi familia, que me fue a ver al Politécnico la semana siguiente (creo que hasta mis abuelos fueron). 

Para mí, que había estado en cuanta poesía coreada y velada infantil se pudiera estar, aquello de presentarse en público no era nada nuevo, pero... ¡El papel estelar! Aquello era un gran reto, y me lo tomé muy en serio. Llegó el tan esperado momento, y tras una breve introducción musical, se inició la obra cuando, muy seguro de mí mismo, entré al escenario, vestido de estudiante y mochila en mano. Me paré en el centro y exclamé la muy ensayada frase “¡Aaaaaaah, qué sueño tengo!” y me eché a dormir. La obra, que se llamaba nada más y nada menos que “Sueño de un estudiante” o algo parecido, trataba sobre todo lo que yo soñaba, y mientras yo estaba tirado en el suelo haciendo un magistral papel de dormido, entraban y salían actores con diálogos y coreografías. Nunca nadie durmió en una obra de teatro con tanta seguridad y de una manera tan convincente, pensaba yo. Un buen rato más tarde yo me despertaba diciendo: “¡Oh, todo fue un sueño!”, y allí terminaba la obra. Aplausos de pie, que yo me los tomé para mí, el rey del escenario, y muchas felicitaciones por mi papel estelar. Tal como dije, sin mí no había obra.

El Rey de la Cancha

Un año más tarde, en el 1984, tenía yo catorce años, mucho más pelo y muchas menos libras. De hecho, era flaco y algo desgarbado. El deporte y yo no nos levábamos muy bien (situación que perdura hasta el día de hoy), sin embargo había que elegir una electiva de deporte, y yo ese año me decidí a apostar por el baloncesto. Pensaba que era lo normal, de hecho, la mayoría de mis amigos lo practicaban exitosamente.
Por más que mi amigo José Daniel se empeñó en darme tutorías de basket, mi falta de coordinación era impresionante, cosa que no pasó desapercibida a los ojos del entrenador Oscar, a quien yo veo hoy como el ejemplo del anti-coach. El tipo me dijo el primer día de clases “usted no da para esto, búsquese otra clase”, pero tenía que esperar todo un año para cambiar a otra tortura deportiva. Cada miércoles yo le rezaba a San Isidro labrador, (“pon el agua y quita el sol”), para que lloviera y no tuviera yo que ir a la clase de baloncesto, pero era en vano.

Llegó el momento de los juegos intramuros, y a mí me tocó el equipo amarillo. Calenté la banca durante la mayor parte del partido, hasta que llegó el director de deportes, Rómulo, y le dijo al entrenador Oscar que las reglas decían que todos los miembros del equipo debían estar en la cancha al menos una vez. Por más que renegó, tuvo que acceder, y me dijo esdtas inolvidables y motivadoras palabras: “te voy a meter a la cancha, tú solo corre de un lado para otro y no te atrevas a tocar la pelota, que te mato.”

Fue así como entré al juego quedando pocos minutos para que se acabara, y llevando la ventaja el equipo contrario por un par de puntos. Efectivamente corría de un lado para el otro, y bien que lo hacía. Pero resulta que en una de esas, corrí hasta la cancha donde mi equipo encestaba y me encontraba solo debajo del canasto. En ese momento Ricci, la estrella de mi equipo, se ve acorralado y no puede más que hacer un pase. ¿Y a quién decide darle el pase? Nada menos que a mí, por pura lógica, ya que me encuentro solo debajo del canasto. Incrédulo, veo en cámara lenta como la pelota llega a mis manos y el mundo se detiene, llega el silencio, estoy solo en el universo, nadie existe. Y que pico la pelota una, dos veces, y fijo mi mirada en el canasto, ¡Y encesto! No lo podía creer, yo era el rey de la cancha, y de repente aplausos y gritos de euforia de mi equipo, y de una gran cantidad de gente que observaba la escena. El sonido del maldito silbato de Oscar rompe el hechizo, pide tiempo y me saca de la cancha echándome maldiciones en vez de felicitarme. Veo el marcador, estamos empatados (gracias a mí), y aunque perdimos el partido, yo me fui a mi casa sintiéndome la vaina más grande del mundo.

Ha llovido bastante desde entonces. Guadalupe falleció en el terremoto de México del 1985, el director deportivo Rómulo falleció hace algunos años ya. No han fallecido, sin embargo, mis esfuerzos por mantener la autoestima a flote a pesar de los pesares. Aún creo que puedo ser el rey de la pista, que puedo ser un milagro en alguna cancha, que puedo ser un gran actor.
No ha fallecido tampoco mi memoria. Soy el rey de los recuerdos, el rey de los sueños de un pasado inocente y feliz, y quizás en un futuro saque de mi mente las cosas que me pasan hoy y que me grabo para contármelas a mí mismo algún día, sin poderme dar palmaditas en la espalda, pero diciéndome a mí mismo: “Tú puedes”.

En estas tierras remotas, “no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey.”

viernes, 11 de mayo de 2012

Aburrido

Esta semana sembré petunias en mi balcón. Y le pregunté a mi amigo Manuel, experto en jardinería, cómo lo debía hacer. Entre las instrucciones que me dio, me dijo “Eso sí, elige solo un color, que así se ve mejor”. Y yo me quedé en el vivero embelesado viendo petunias blancas y moradas, sin saber cuál elegir. ¿Pero y  por qué un solo color?, qué estrés. Y me reí de camino a casa al imaginarme el efecto político que iba a tener mi balcón con macetas de petunias del PRD y del PLD, dos colores para llevar la contraria. Y es que todo tan simétrico y uniforme, por Dios, es casi aburrido. Cuatro maceteros del tamaño exacto para el ancho estándar de mi balcón estándar, qué ganas de sembrar una enredadera de auyamas que se meta al balcón vecino para ver si me busco un lío.

Y es que no tengo vecinos. O mejor dicho sí, pero son invisibles y no tienen nombre, y son tan silenciosos y educaditos que así no da gusto. Nadie pendenciando la vida ajena, nadie con quién pelear por la música alta ni porque se estacionaron en mi parqueo. ¡Pero qué digo, si hay parqueos de sobra! Parqueos anchos y bien delimitados, o sea que ni un roce de la puerta del carro de al lado puede uno tener para pelear por algo. Es aburrido, estos pasillos limpios e iluminados y estas paredes que parecen recién lavadas.
Me voy a mi trabajo pensando en estas cosas, y me doy cuenta de lo monótono que es circular con estos semáforos coordinados, sin entaponamientos ni carros de concho, ni vendedores en triciclos, ni peatones suicidas, todo el mundo en su carril. De pronto me percato de que no he dicho una mala palabra en muchos meses. Pero claro, si no hay un hoyo ni un badén, y no hay a quien echarle la culpa de nada, ni un gobierno corrupto ni un ayuntamiento  irresponsable  que lo haga a uno distraerse del perfecto tráfico. Pobre gente esta, que no puede botar el estrés ni manejando. 
Me paro en el semáforo, al fin rojo. Nadie mira a los lados, nadie con un musicón a todo lo que da, nadie se mete un dedo en la nariz (¿qué será lo que tienen los semáforos que hacen que los dominicanos se busquen los mocos?). No hay un vendedor de tarjetas de llamadas, ni de perros, ni de flores, ni siquiera alguien con una de esas esponjas teledirigidas hacia los vidrios. La luz cambia a verde, y para gozar un poco, me quedo parado, a ver si por fin alguien toca la bocina. El pendejo que está detrás de mí espera a que me mueva. No me muevo, así que me rebasa sin mentarme la madre ni sacarme el dedo. ¡Ay Dios, pero qué aburrido!

Y ni qué decir de manejar en las autopistas. Ni un solo letrerito de campaña, ni una valla gigante anunciando nada, y un reguero de luces que hasta molestan la vista. Un verdadero peligro quedarse dormido del aburrimiento en estas carreteras de diez vías.

Llego a mi trabajo, aburrido, aburridísimo. Aquí nadie lleva un san, ¡Esta gente no conoce lo que es un san, por Dios! Nadie vende prendas en una gaveta ni te estrallan un catálogo de Amway en el escritorio. No hay señora que sirva el café para enterarse de los últimos chismes a través de ella. Es más, la gente se lleva el café a su oficina y no pasilla con el vasito en la mano, brujuleando a ver qué es lo que se mueve. Predecible, demasiado predecible. Nadie se está acostando con nadie, y si lo hacen, lo hacen tan bien que no le dan comida al pueblo que intrépido y fuerte. Todo el mundo habla bajito y despacio, no hay un cuento, un chisme, una noticia, todo va según el plan. Y yo me muero de aburrimiento.
En el súper no hay que estar chequeando precios, ni fechas de vencimiento, ¿Pero cómo se entretiene uno así? No hay una fila en el delicatesen para chismear con los de al lado, no hay carajitos corriendo y tirando cajas, ni demostradoras de productos con ofertas abordándolo a uno. Me pregunto si realmente me están viendo, si acaso existo, me palpo y me doy cuenta de que estoy ahí, pero la escena parece salida de la película de Stepford Wives, hay una perfecta coreografía en los pasillos, nadie va en via contraria, ¡Ay, cómo quisiera estar en La Sirena en este momento, dándome un baño de pueblo!

Voy al banco y no hay nadie en fila, no hay gente por parte. Quisiera que hubiera estafetas de pago para escuchar a la gente comentando sobre el costo de la vida, pero ni eso. No hago fila tampoco en el mecánico, ni en el cine, ni en la gasolinera, ni en ninguna parte. Con lo divertido que es enterarse del acontecer noticioso a través de un compañero de fila. Me voy a Starbucks, y por pura diversión, en vez del consabido “Tall Cinnamon dolce latte with soy and no cream” que en realidad se debe decir más rápido, lo que hago es que me paro y digo “Hi”. Y la cajera me mira desconcertada. Y le digo “I want a coffee”. Y tartamudea al preguntarme “What do you mean?” La fila crece y yo me tomo mi tiempo, porque esto es realmente divertido. Al final cedo a la presión de la perfecta sincronía y digo en un solo segundo “tallcinammondolcelattewithsoyandnocream”, y todo vuelve a la normalidad, qué aburrido.
Me voy a Misa a pedirle a Dios que me mande entretención, y allí todo está tan organizado que da gusto, o susto. No hay limosneros en la puerta, adentro todos a una cantando en un perfecto coro, nadie desafina, ni siquiera una vieja cantando destemplado para sentirme que estoy de verdad en la Iglesia. Los bebés no lloran, están entrenados para eso. El abrazo de la paz es un apretón blandengue de manos en una ligera inclinación de veinte grados hacia adelante, saludo con media sonrisa, norte-sur-este-oeste y de vuelta a mi posición. Para la comunión una fila perfecta, el primer banco, el segundo banco, y así sucesivamente. Qué ganas tengo de lanzarme al medio del pasillo en cualquier momento y romper la armonía y vocear “¿Quién vive?”, pero mucho temo que no me dejen volver.

Así que de vuelta a la casa, a vivir un silencio que mortifica, sin un bandereo en la calle ni una guagua anunciando nada. Extraño al hombre que a las siete de la mañana compra hierros viejos con un megáfono (y que me persigue a cualquier ciudad de R.D.) Me voy a la cama a las once y once, y cuando trato de conciliar el sueño oigo un ruido raro… ¡Por fin algo que me rompe la rutina! Mis vecinos de arriba están dando ejemplo de cómo se ama con el espaldar de la cama pegado a la pared. ¡Gracias, Señor, por mis vecinos tan llenos de energía!
Pero aquella sesión amatoria de mis vecinos solo fue el preludio de que hoy los planetas se iban a alinear. Hoy el día empezó a dar señales de que iba a ser diferente cuando me enteré que alguien se había comido el yogur que dejé ayer en la nevera de la oficina. Eso fue un par de horas antes de que sonara el tiro y se explotara el transformador que dejó sin luz toda la cuadra, y que me hizo salir más temprano del trabajo. Me empecé a sonreír al percatarme de que el mundo era real, imperfecto.
Media hora después caí en el único hoyo de todo Texas, y una goma casi se me vació, así que tuve que pararme a echarle aire y había una maravillosa fila en el lugar. La vieja que me atendió en la bomba, en vez de ser amable, me trató perramente (todo me está pareciendo de nuevo familiar). Llegué corriendo al residencial para dar la queja del ruido de los vecinos y ver si empiezo un chisme de eso, pero en eso me ladró un perro, encontré una de las puertas averiadas, no hallé estacionamiento más que hasta la segunda planta, y al llegar a recepción hay otra fila de cuatro personas. Me regresé a la casa sin poder dar la queja y empecé a estornudar, creo que me está por agarrar un catarro. Esto sí que es vida. Apagón, gripe, goma vacía, fila, averías… ¡Ah! Al fin me puedo molestar con algo o alguien.
Ahora me voy a descansar, si es que mis vecinos me dejan. Mañana cuando me levante pienso hacer un pique por algo y llegar a la oficina a poner otro yogur en la nevera, que me está gustando el jueguito este. Si todo sigue así, por fin podré decir la palabra que mis labios anhelan decir desde hace tanto tiempo y no hallan la ocasión propicia para hacerlo. Si las cosas siguen como van finalmente podré gritar, in extenso y sabroseao, un saludable COOOOOÑOOOOO.....

lunes, 19 de marzo de 2012

Spring Ahead, Fall behind


Los americanos pudieron lograr exitosamente durante la primera guerra mundial lo que los dominicanos no pudimos hace una década, y fue implementar el cambio de hora para ahorrar energía. El entonces presidente Hipólito, con una idea buena, una implementación mala, y una planificación pésima, lanzó una ley que inició tremendo lío.
La que se armó aquella vez fue memorable, que si era una hora para adelante, que si era para atrás, la gente opinando, que no era así, que no me gusta, etc. Yo que empezaba a trabajar a las 7 de la mañana en una planta de manufactura de zona franca, vi llegar la fila de gente con rolos y bostezando, protestando “Jesusantísimo, salí de mi casa a lo ocuro”. Recursos humanos tuvo que flexibilizar sus estándares de tardanzas en lo que la gente se ajustaba… hasta que “echaron para atrás” la famosa ley. Y lo gracioso del caso es que cuando digo “echar para atrás” era simplemente eso lo que había que hacer con el reloj en aquella época que insistimos en llamar invierno en nuestro país (muy a pesar de lo que Salomé Ureña escribiera al respecto).

Los gringos no son más inteligentes, simplemente son más prácticos, y para que la gente no se confunda se inventaron una frasecita muy interesante que hace que el carajito más amemao o cualquier pendejo con cédula de identidad  sepa lo que hay que hacer en estos casos. “Spring ahead, fall behind” es el juego de palabras que en doble sentido explica que en la primavera la hora se adelanta y en el otoño se atrasa (por otro lado significa saltar hacia adelante, caerse para atrás). Y cualquiera se cae para atrás al ver la naturalidad con la que esta gente elimina o añade una hora de sus vidas sin siquiera despeinarse.

Una hora, sesenta minutos que pueden ser maravillosos o terribles. Un segundo que se repite tres mil seiscientas veces para deleite o desgracia de alguien. Y mientras más lo pienso, más alimento la idea de que sería genial poder tener la libertad de adelantar o atrasar una hora indistintamente en diferentes momentos de nuestra vida. Se puede patentar la idea y se convertiría en una gran revolución. Por ejemplo, los lunes en la mañana la demanda de “fall behind” antes de las 7am sería altísima (para poder dormir una hora más), y los viernes en la tarde subiría exponencialmente la demanda de “spring ahead” (para salir corriendo de la oficina).

Esa vaina de la relatividad del tiempo que se inventó Einstein tiene todo el sentido del mundo y no hay que saber de números para entenderlo desde chiquito. Cuando la mamá dice “deja que llegue tu papá y tú verás la pela que te espera”, uno se quiere caer para atrás en un oportuno “fall behind” que le alargue la tarde al pobre muchachito que no merece tal pela (y como quiera me la dieron). Y si la misma mamá y el mismo papá anuncian que “mañana vamos para la playa”, uno quiere brincar hacia adelante en un tremendo “spring ahead” que lo haga a uno llegar al mar.

Ahora que han pasado dos o tres años años después de los citados ejemplos de mi niñez, pienso en momentos muy específicos en los que hubiera querido adelantar las horas para que el tiempo pasara rápido, como las horas de espera afuera de la sala de cirugía, las horas que faltan para salir de una funeraria al final del día, o las vueltas que hay que dar a las páginas del calendario y luego al reloj antes del esperado reencuentro con mi gente.

En otras ocasiones, hubiera querido eternizar los minutos y que el tiempo no pasara, como la primera vez que me tocó dormir a mi sobrino Jean Paul, la última vez que comí en casa de mi abuela Elisa, aquella última comunidad en la que participé hace un año, el primer amanecer acompañado y amado, o aquel atardecer en Sosúa acompañado de amigos. Pudiera hacer un perfecto collage de momentos que merecieron ser eternos, y mientras lo hago se me va una, dos, varias horas. Se me van estas horas de hoy, en las que estoy viviendo un tiempo que luego voy a añorar.

Las horas en el aeropuerto, despidiéndome de mis padres, no sé qué hacer con ellas, si atrasarlas y atesorarlas como el último tiempo que se nos ha dado para estar juntos, o adelantarlas para poder pasar rápido la agonía de esta despedida sin palabras y sin sonrisas, estos últimos minutos en los que finalmente somos nosotros mismos y yo vuelvo a ser un frágil niño. De repente decido adelantarlas, que se vayan rápido para no ver a mi mamá vulnerable y a mi papá triste. Que el avión me lleve lejos de aquí, rápido, que pasen las horas, una tras otra, sin pensar mucho ni mirar atrás.
Y se me da el deseo y pasa la hora. Y pasan dos, y veinticuatro, y comienza el spring, y de repente son ciento sesenta y ocho, y quién diría que llevo una semana aquí. Mentira, ¡Un mes! Si ya pasaron más de setecientas veinte horas. Cierro los ojos, Spring ahead, ya llegó el verano, y Fall behind, ya llegó el invierno, y cuando abro los ojos ya pasaron ocho mil setecientos sesenta horas, todo un año desde aquella despedida en el aeropuerto un día como hoy hace un año.

¿Dónde se fueron esas horas? Según mis cálculos al menos dos mil se fueron sentados frente a un escritorio (spring ahead, please!), dos mil más buscando en mis sueños el camino de regreso a casa (fall behind, una hora más por favor), y al acabar este escrito se me fue una hora más, una que no vuelve, una que me acorta la vida o que se suma vida a la pila de horas vividas.


Si solo me dan una hora, la quiero vivir a plenitud, con sonrisas, abrazos y carcajadas, rodeado de gente querida. Solo una hora, solo una, y vivirla ocho mil setecientas sesenta veces, y repetir el ejericio cuarenta y dos veces, y al resultado llamarle "vida"...

jueves, 8 de diciembre de 2011

No tienes nada de santa


Ahora que te he vuelto a escribir pienso que no debería hacerlo. Después de todo, has ignorado tantas cartas mías, que volver a plasmar mis deseos y hablarte de mí en el papel, es más un hábito que una necesidad. Lo hago porque hoy, después de un tiempo, he vuelto a verte. Ya había escuchado que estarías en la ciudad y no quería perder esta oportunidad, así sea tan solo para recordarte que existo, si es que acaso eso te importa.

Recuerdo la primera vez como si fuese hoy. Estabas entre la gente, y aunque no te podía ver bien, me fui acercando poco a poco, primero con timidez, luego decidido a verte de cerca. Me sentí atraído, casi hipnotizado por tu vestido rojo, diseñado especialmente para un cuerpo como el tuyo, diseñado para llamar la atención, diseñado para que todos se percaten de tu presencia. Te he visto usar la misma ropa otras veces, pero nunca me causó el efecto de aquella vez.

Ahí estabas, a pocos metros de mí, eras el objeto de la atención de todos. Entonces me viste, me sonreíste, me hiciste una seña de que me acercara y así lo hice. Me puse nervioso, me acerqué, tu mano se posó en mi hombro. Con tu sonrisa pícara me preguntaste qué era lo que yo deseaba. Iluso yo, que pensaba que tú ya lo sabías, pero con un poco de vergüenza te lo susurré al oído, y recibí por respuesta tu estridente e inconfundible carcajada.

De repente todo era silencio, y solo se escuchaba era tu imposible risa que sonaba a burla. Volteé a ver a mi alrededor, todos me veían, me sentí extraño y diminuto, y me alejé de tu lado. Al poco rato quise volver, pero ya estabas con otro, ambos se reían, y los vi insoportablemente felices. Esa vez, como tantas otras, me senté a escribirte, y como tantas otras veces, no obtuve respuesta ninguna.

Al darme cuenta de que todos te conocían, empecé a averiguar todo lo que pudiera de ti, pero los trozos de información que iba recibiendo no me ayudaban a formar un cuadro muy fiel. Después de todo, solo sabía que venías de muy lejos, que te gustaba el color rojo, que te encantaban las chimeneas, y que viajabas por el mundo, casi siempre en compañía de ese tal Rodolfo.

Tú y tus fugaces apariciones, tú y tus puntuales desapariciones, por tanto tiempo que hasta me olvidaba de mencionar tu nombre, y si lo hacía sonaba extraño. Por eso dejé de esperarte, dejé de buscarte, dejé de nombrarte, y al mismo tiempo sé que volverás y casi hasta puedo predecir cuándo.

Pero también, tú y tu bondad, tú y tu mirada buena, tú y tu maravillosa obsesión de ayudar y hacer sentir bien a todos, tú y tu energía amorosa. Por eso, aunque sé que no soy el único en tu vida, te espero, te busco, te nombro, y al mismo tiempo sé que tu indiferencia volverá a golpearme.

Han pasado ya muchos años, y tú sigues con tu misma figura, tu mismo pelo y tu misma sonrisa. Y mientras tanto, yo me sigo preguntando si tu corazón sigue siendo el mismo, si esta vez te detendrás aquí en mi casa, si finalmente no te importará si yo soy malo o bueno y finalmente cederás a mis íntimos deseos.

Hazme caso, Santa, no seas malito…

jueves, 24 de noviembre de 2011

De Reencuentros y Serendipity


Estuvo seis años soñando con este momento, disfrutando de la repetición en cámara lenta. Seis años subsistiendo a base de recuerdos que nunca sabrá si fueron realmente hermosos o si la mente los magnificó para sobrevivir el limbo en el que el recién nacido sentimiento iba a caer. Seis largos años, a veces olvidándose del sueño para poder seguir adelante sin el pesado fardo de la ilusión de lo que nunca se ha tenido.

Bendijo la hora y el lugar de hace seis años. Aquella mañana, sin embargo, cambió el miedo de no conocer nunca a alguien así, por otro mucho mayor: el de no volver encontrase nunca de nuevo. Por eso se felicitó por la osadía de haber escrito aquel mensaje en un papelito y por el tino de haber usado a la azafata como celestina. La escala que les tocó compartir fue suficiente solo para aprenderse los nombres y las miradas, jamás iba a dar el tiempo para aprenderse el olor de sus cuellos, el compás de sus respiraciones, o la temperatura de los dedos recorriendo sus pechos. Apenas se habían conocido y ya había que despedirse. Este era el famoso punto único en el que dos líneas perpendiculares podían tocarse, y ya  se había borrado.

Sistemáticamente, a medida que se alejaba por aquel pasillo, iba volteando una y otra vez a ver aquel rostro que se hacía más pequeño en el espacio y más grande en su memoria. Sus miradas se quedaron enredadas hasta donde fue físicamente permitido, y aun al cruzar la línea de seguridad, sentía aquella tierna mirada acompañándolo, y la sensación del serendipity a tope.

Al cabo de diez minutos sintió que la separación se le hacía eterna. El reloj, consciente del poder de sus manecillas que disolvían  pasiones y maduraban sentimientos, se ensañó  con el afán de este loco por querer detener el tiempo y violar sus leyes, por eso aquellos diez minutos que le habían parecido interminables, los terminó repitiendo trescientos quince mil veces. Pero en ese momento, decidió que iba a volver atrás, para decirle que no podía respirar sin suspiros, que sentía su pecho romperse, que ya nunca iba a ser el mismo. Empezó a recorrer el pasillo que lo llevaría al reencuentro, primero caminando, luego corriendo, tratando de que sus latidos fueran más poderosos que aquel maldito tictac. Pero en un extraño momento de razón, entendió que no iba a llegar a tiempo, por eso tuvo que desandar sus pasos mientras se preguntaba dónde había quedado su cordura.

En el siguiente vuelo cerró los ojos para soñar con otras escalas en las que el corazón no tuviera que hacer migración y aduana, con otro viaje en el que los asientos esta vez eran contiguos, sin equipaje y sin destino, solo disfrutando la complicidad y la mutua compañía, la cabeza reclinada en su pecho, mirándose a los ojos con la seguridad de saberse predestinados. Finalmente los recuerdos y los sueños se fueron mezclando y quedaron flotando en una especie de nebulosa, hasta que se diluyeron en un líquido amniótico en el que se mezclaban lo que fue, lo que pudo haber sido, lo que podría ser, y lo que nunca será.

Y hoy, seis años después, en el momento del reencuentro, un simple abrazo bastó para romper fuente. En ese instante, al sentir el alma galopando y desconocidas esperanzas corriendo por sus venas, entendió por fin de dónde nacen las sonrisas, como las muchas que nacían en ese momento su interior.

Sin haberse ajustado el cinturón, el corazón se fue abriendo paso entre el tránsito de la noche hasta llegar a su nuevo rincón favorito y encontrar todavía más razones para sonreír, y nuevos recuerdos que añadir a la lista de aquella vez: la sombra que hacía la luz de la farola en su rostro, el ligero ascenso de su lunar cuando se asomaba el perfecto arco de su sonrisa, el brillo en sus ojos cuando escuchaba una palabra que le ruborizaba, la suavidad de sus manos que se posaban por dos segundos y medio en estas otras manos.

Ante aquella sobrecogedora sensación de saberse en el lugar correcto, a la hora correcta y al lado de la persona correcta, quiso llorar de alegría, gritarle al mundo que se sentía vivo, correr por aquellas calles que no conocía, avisarles a todos que esta vez no lo despertaran. Aquel punto de llegada, de repente se había convertido en un punto de partida.

La sensación de serendipity se hizo certeza en el reencuentro, y ahora ya no le cabía duda: Estaba dispuesto a recorrer todos los pasillos de todos los aeropuertos del mundo si fuera necesario para poder volver a vivir este reencuentro.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Tornado Trastornado

Parece que a medida que va pasando el tiempo, uno va desarrollando nuevas fobias, aunque se deshaga de otras. O quizás digamos que uno las va afinando, porque mi fobia a las fuerzas de la naturaleza fue aprendida de mi mamá y perfeccionada por mí hasta convertirse en lilapsofobia. Llamemos las cosas por su nombre: Le tengo un miedo del carajo a los tornados.
Mirando hacia atrás, yo pienso que todo empezó en el Instituto Domínico-Americano, tendría yo como 10 años de edad, en aquella clase en la que la maestra nos puso a ver “El Mago de Oz” (en diapositivas, una cosa súper moderna entonces). En un momento dado, la manganzona de Dorothy - muy mayor para ponerse esa ropita - y su perro con nombre de mala palabra, están de lo más bien en Kansas, pero de repente en la grabación se oye un reperpero y un vientazo y en la siguiente diapositiva Dorothy y el perro se están cagando de miedo, afuera se ve una vaina borrosa y oscura. Muy precoupado, le pregunto a la teacher que qué pasó y ella me dice en pikingli que es un tornado, y al ver mi cara de pánico me sonríe y me dice que no me preocupe, que en RD eso no se ve. Menos mal.

Le damos fast forward a la película (a la de mi vida, no a la de Dorothy), y llegamos a los 26 años. Es medianoche en el verano en Arizona, y estoy haciendo fila para ver el estreno de la película Twister. Le pregunto a mi amigo Jorge que anda conmigo, que por qué la fascinación de los americanos con el clima y el terror, y él me explica que los gringos son un poco masoquistas en ese sentido. Masoquista yo que me tiré mi clavo de película, medio entretenido, medio preocupado, y al salir del cine me puse a averiguar si en Arizona había tornados. Y resulta que no, solo eventos inofensivos como temperaturas de 50 Celsius y tormentas de arena. Menos mal.

Fast forward de nuevo. Pasaron ocho años y estoy en el cine de nuevo, esta vez en RD y con mi amiga Rosa. Estamos viendo “El día después de mañana” y el tema de la súper tormenta de nuevo sobre el tapete, y Rosa que no se mantiene callada en el cine ni que la amordacen, dice en una de esas “¿Tú te imaginas que en nuestro país pase una cosa de esas?”. Pero no pasa, mi querida Rosa, porque vivimos en un país de clima privilegiado en el que solo hay eventos menores como huracanes, terremotos, inundaciones, campañas políticas, etc. Menos mal.

Y un último fast forward de siete años hasta esta primavera. Apenas con un par de meses en Texas, ya me había acostumbrado a ver el reporte del clima todas las mañanas. Al principio me daba trabajo, viniendo de un país en el que el pronóstico del tiempo es tan preciso como el horóscopo, pero aquí es necesario, porque si esta gente dice que a las 3 y media va a venir un friazo (como me pasó el otro día), puedes estar en camisilla hasta las 3 y 20, pero abrígate carajo que ahí viene, y te lo dijeron.

Pues resulta que en Texas hay que ver el reporte del clima a veces más de una vez al día. Como aquel día que hoy cuento. Había empezado la ‘temporada de tornados’, que para la gente de aquí es como la temporada de mangos allá, o sea, están ahí y lo sabes, pero no es algo que te preocupe. A mí sí, y ese día salí  del trabajo hacia el que en ese entonces era mi apartamento temporal. El cielo estaba negrecito, y yo me tranqué full, porque había aviso de que quizás venía alguno (y la gente en la calle como si nada). Y de repente, UAAAAAAAAAAA, una sirena que suena. “Miérquina, en la película Twister era así mismo”, piensa el fatal apocalíptico que  llevo dentro, y me doy cuenta de que no sé qué debo hacer. Maldigo a los planificadores de esta ciudad sin refugios ni sótanos, maldigo a los constructores de este país que fabrican casas de cartón.

Se me va el internet, se me va el cable, se me va la luz, se me va el juicio, y como mi crapberry aún funciona, llamo a mi hermana Mónica - experta en climas extremos - que me explica que hay que meterse en la bañera porque cuando llega el tornado de mis pesadillas, todo se descojona menos las tuberías y uno pudiera tener que amarrarse a ellas. “Miérquina, en la película Twister era así mismo”, insiste el fatal, apocalíptico y dramático que vive dentro de mí. “Mony, averíguame por dónde va el tornado”, y ella me dice “No te preocupes, que para Dallas no va, sino que va a pasar cerca, por un sitio que se llama Irving”. Buenas noches, Mónica, yo vivo en Irving, gracias.

Se me prende un bombillo, y salgo de la bañera para buscar mi pasaporte y metérmelo en el bolsillo, porque si morir es malo, morir como un indocumentado es peor. Le mando un mensaje a mis otras hermanas y a otros amigos. Adiós mundo cruel, recen por mí, esto se jodió. Pienso en las veces que he dicho “por eso es que aquí tiene que venir una vaina grande que nos joda a todos”, y me arrepiento. Y de repente que empieza a traquetearse la casa y por el techo va pasando algo como si fuera una locomotora (luego me enteré que eran granizos del tamaño de pelotas de golf). Finalmente, el tornado cambió de parecer y se alejó de aquí.
Al otro día la gente estaba como si nada, y yo con las uñas en carne viva y los ojos como dos bombillos. Decidí buscar un apartamento seguro, en una primera planta, y con estacionamiento de cemento. Así lo hice y tuve paz por un buen rato, porque ya pasó la temporada de tornados. Menos mal.

Sin embargo esta semana me tocó viajar por trabajo a un pueblo de Texas llamado San Angelo, que en el mapa queda un poco más a la derecha de ninguna parte, where the devil shouted three times and nobody heard him, traduciendo el dicho. Y esa noche en el hotel, cuando quise agarrar un sueñito como a las once y once, empezó una tormenta eléctrica que no me dejaba dormir con los truenos y relámpagos. Me senté en la cama, y se me ha ocurrido prender la TV para pasar el rato. Craso error. Un cintillo anuncia “Tornado Watch” y yo me pegunto si es en la película, pero al cambiar el canal me sale el mismo jodido cintillo. No puede ser, no estamos "en temporada”.
Llamo a recepción. “Good evening, Marriott Spring Hill Suites, this is Shaniqua, how may I help you Mr. Castrou”. Le pregunto a la tipa que qué se hace en caso de tornado en este lugar. ”¿Cómo? No entiendo” me dice en inglés. "Tú sí entiendes, no te me hagas la loca, que para dónde coge uno, que como uno sabe si está durmiendo si tiene que levantarse y correr”. La tal Shaniqua me escuchaba con incredulidad, como si fuera un tipo con acento latino y en tono de desesperación que la estuviera llamando a las 3 de la mañana. “Mira, ponme a una gente grande hazme el favor” (o su equivalente jerárquico). Una supervisora, o ahora que lo pienso quizás era la misma Shaniqua fingiendo la voz, me aseguró que ella misma se iba a encargar de que todos los huéspedes fuesen despertados uno por uno en caso de emergencia. Fue su tono ficticio y condescendiente el que me preocupó, o acaso el fatal, apocalíptico, dramático y masoquista que vive (y crece) dentro de mí se puso en alerta. Volví a prender la TV y esta vez subieron la alerta de "tornado watch" a "tornado warning". Pero qué vaina es esta. "Señor, dame un final digno, no a esta hora y en este campo, please."

Hay un tipo en el Weather Channel que se llama Jim Cantore y que tiene un trabajito medio jodón. Al tipo le pagan por ponerse una capota, meterse abajo del aguacero y decir en medio del vientazo, en un agudo y desesperante tono, vainas como “Aquí se cayó una rama, esto es increíble, señores, prepárense”. Yo he criticado a ese tipo de reportajes tanto como he criticado los colores de alerta del aeropuerto, diseñados para que la gente consuma más tranquilizantes, vacíe las góndolas del súper y se mantenga viendo TV, parte de una estrategia de amemamiento colectiva que tienen los gringos para que la gente no se queje mucho. Pero me preguntaba dónde estaba a esa hora Jim Cantore, para que me dijera algo, lo que fuera.  Salí a deambular por los  pasillos del hotel, ya serían  las cuatro de la mañana, y el único ser vivo que hallé fue una chinita en alpargatas que también andaba sin sitio y medio llorosa murmurando para sí misma algo en chino bien bajito. Ahora no sé yo si fue que me la soñé a la chinita. Bueno, media hora más tarde, este  tornado también cambió de curso, y yo “sobreviví”.

El caso es que no pegué un ojo en toda la noche, y al día siguiente me tocó una sesión de trabajo en la que había que estar atento y creativo. Me reuní con un grupo de colegas recién conocidos, los cuales durmieron a pata suelta, felices y desentendidos, y nada de mencionar al tornado. Entendí que no había manera de llegar al final del día con el agüita sucia que aquí llaman café, de modo que opté por tomarme un Red Bull. Como todavía a los 10 minutos seguía medio soñoliento, tomé la drástica medida de ajustarme un segundo Red Bull, y a media mañana andaba yo como un tornado, caminando dando brinquitos a lo Cantinflas, con los ojos vidriosos, tartamudeando y con un tic que me hacía guiñar el ojo izquierdo y que probablemente fue mal entendido por más de una persona (si me llega una queja de acoso, ya sé).

Si por lo menos dieran el día libre, si prepararan sancochos y si jugaran dominó, como bien hacemos los dominicanos para prepararnos ante los huracanes, pero no, esta gente no sabe cómo enfrentarse a las fuerzas de la naturaleza. Yo sí. Menos mal.

11-11-11, 11:11

Hace un año y medio dejé de publicar este blog. No significa que dejé de escribir, igual escribía antes del blog y lo he seguido haciendo durante todo este tiempo, pero no he vuelto a publicar. Mis razones he tenido, muy personales, pero ya no son válidas, así que de vuelta a la carga. Hay quienes se toman un sabático para poder luego publicar sus escritos, yo me tomé este 'domingático' para dejar de publicar. En el ínterin han nacido personajes e historias que ahora habitan en la prisión de mis cajones y mi disco duro. Es decir que quien "cucutee" entre mis cosas cuando yo ya no esté va a dar una gozada del carajo.

Y si la vida me daba temas para escribir, en estos meses me ha dado material para publicar una enciclopedia de mi vida. Nunca me había sometido a tantos cambios juntos, nunca había tenido tanto tiempo a solas conmigo mismo, nunca había sentido tanta necesidad de expresarme, pero volver al blog no era tan fácil, aún con tantas personas que lo pedían tanto como yo lo necesitaba. Publicar se hacía un compromiso cada vez más difícil de cumplir, más exigente. Y me pasaba como cuando uno tiene mucho tiempo sin ver a un amigo, que no sabe cómo abordarlo, cómo reiniciar el contacto, y espera un momento especial para hacer una entrada con efectos especiales, pero mientras tanto va dejando que pase el tiempo y no lo ha llamado.

No tengo una propuesta innovadora. No vengo con una serie de artículos sobre temas específicos. No traigo profundidad, ni tampoco vengo en una honda de humor. El whatever y el vainismo van a ser el estilo predominante, eso lo puedo asegurar. Y sobre todo, no vengo a complacer peticiones. Si me da con escribir sobre visiones apocalípticas, o sobre el bigotito que tiene la tipa amargada que se sienta frente a mi oficina, da igual, eso fue lo que se pescó ese día, y hay que comérselo con yuca. Si estoy en mal de amores o feliz con la vida, eso es lo que hay, capisce?

Así que, sin más preámbulos, 564 días más tarde, el día 11 del mes 11 del año 11, arrancamos de nuevo. Decía abuela que "el que espera lo mucho, espera lo poco". Así que ahora esperemos que aquí en Texas sean las 11 y 11 de la noche...

lunes, 26 de abril de 2010

De Números y Sueños

Ayer era domingo. Como cada semana, en mi familia todo el mundo sabe que ese puede ser el día que cambie todo. Quizás al final del día, en un golpe de suerte, la suerte cambie y junto con ella el rumbo de nuestra historia. O quizás es un domingo como otro cualquiera. Al final del día, tras escuchar los resultados de los números ganadores de la lotería, mi mamá llamará por teléfono a Consuelo y le dirá, como cada vez: “Consuelo, nos pelamos”, y luego ambas harán un análisis de la última vez que salieron esos números, y se lamentarán porque indefectiblemente esos tres números ganadores guardan alguna relación con alguno de nosotros.

Si se pone uno a pensar, las fechas de nacimientos de siete personas vivas y dos muertos, sus edades, los números de sus placas, de sus cédulas, esos mismos números volteados, sumados y combinados de todas las maneras posibles, nos darán de alguna manera los números del uno al cien, de modo que siempre habrá algo que lamentar.

Con el tiempo, la lotería de los domingos pasó a celebrarse también los miércoles, luego vino la loto de los sábados, y muchas otras tantas maneras de hacerse rico en un maravilloso vuelco de la fortuna, como el famoso Palé (dos números que deben salir, disminuyendo cien veces la probabilidad de ocurrencia del evento), pero la de los domingos es la tradición en mi familia. Una tradición que mami y Consuelo mantienen, heredada de mi abuela Elisa, jugadora empedernida de lotería mientras vivió.

Hace algunos años le explicaba yo a mis alumnos de estadística la teoría de las probabilidades, y por pura diversión hacíamos el ejercicio de calcular la esperanza matemática de los juegos de azar, entre ellos la ruleta del casino y por supuesto, la lotería. El resultado era evidente e iluminador, y en una ocasión una alumna me pregunta: “Pero si está tan claro que no hay ganancia en esos juegos, ¿cómo es que la gente sigue jugando?” Y yo le respondí que a los sueños y las ilusiones no se les puede aplicar ninguna fórmula matemática. De hecho, mi tío, que es doctor en Estadística, le explicó infructuosamente a mi abuela sobre esto, pero para ella el ignorante era él, supongo yo.

Abuela jugaba con religiosidad, pero a la vez estaba convencida de que había trampa, siempre la había. Por eso aprendimos los conceptos de los números “orejeados” (dícese de un número que va a salir el domingo, pero el funcionario de turno se lo comunica a algunos de los suyos y la voz se riega), y también conocimos la frustración de cuando un número era “recogido” (o sea, no aparecía por ninguna parte y eso era señal de que iba a salir seguro). Cuando el número recogido era el 37, o sea, su número “abonado”, la rabia era mucho mayor. “Son unos tramposos”, insistía abuela, y llegó a asegurar que Tatá ‘Peluca’, la administradora de la lotería en cierta época, guardaba los números ganadores en su cabellera postiza y los sacaba a la hora señalada. Cuando pusieron ciegos (y aparte con los ojos vendados) a sacar los bolos del bombo, ella aseguraba que primero metían los números ganadores en la nevera, y por el tacto seleccionaban los ganadores que estaban fríos al tacto. Y seguía jugando.

Y si empiezo a hablar de la interpretación de los sueños, no acabo nunca. De hecho, Consuelo es una experta “arreglando” sueños. Yo que he tenido una racha imparable de sueños en este año, tuve que empezar a ocultarlos, no a contarlos como se me ha enseñado, porque la pobre iba a quebrar bajo la creencia de que Dios me estaba usando y que mis sueños eran un don para ayudar a los pobres (o sea, ella). Yo en un carro era el 64 (el hombre 6 y el carro 4), yo en un avión en el asiento número 4 era el 47 (el asiento 4 y el avión 7, o el 67, o el 46, o cualquiera de ellos al revés). La culebra y el río son el 8, la mujer es el 9, y así por el estilo. Me queda claro que soñarse con una boda es anuncio de muerte, y viceversa, y que el peor sueño del mundo es que a alguien se le caigan los dientes. Si eso sucede, una gran desgracia se cierne sobre la familia.
Pero es que aún cuando no hay sueños, la gran desgracia es que se sigue jugando, gastando, soñando, esperando, y pasan los años sin ver el gran día de sacarse el premio mayor.

Algunas anécdotas en especial deben ser mencionadas, como es el caso del “Palé Bíblico”: Cuando me iba a vivir a Arizona, mi mamá me recordaba con insistencia que si me sentía asustado rezara el Salmo 23, y que si necesitaba fuerzas, rezara el Salmo 91. “El 23 y el 91”, me insistía, hasta que llegó el día de mi partida. Consuelo, al escuchar una vez más que mi mamá me decía “recuérdate, el 23 y el 91”, salió a jugar el palé de estos dos números, indignada porque su compañera de vicio no le había pasado la información de esos dos números que tenía orejeados. Ella no ganó nada, y yo hasta el día de hoy disfruto de las ganancias que me han dado ambos Salmos.

También debe quedar registrado para la historia que el día que enterramos a abuelo, yo traje a mi abuela a la casa desde el cementerio. En el breve espacio de tiempo que tenía antes de que llegara el tropel de gente a la casa, interrumpió su llanto para hacer una llamada telefónica y pedir que le anotaran 20 pesos al 6 y el 83, o sea, el día que abuelo murió y la edad que tenía. Cerró el teléfono y siguió llorando, y dentro de mi dolor yo supe que abuela iba a estar bien. Bendita lotería que la conectaba de nuevo con la vida.

Nunca supe qué haría abuela con el dinero del premio mayor, si es que éste llegaba alguna vez. Mi mamá es más clara, ella tiene ya planes concretos de lo que va a hacer el día que le pegue al primer premio, o acaso con los millones del sus tres lotos (uno de las fechas de los vivos, otro de los muertos, y otro aleatorio). Pero nadie le hace oposición, y la vemos los domingos en la mañana bajar con Consuelo al pueblo a buscar los números a donde su billetero favorito, como lo habrá hecho ayer.

Pero ya faltan solo seis días para el domingo, y aunque mi mamá estará de viaje, sabemos que Consuelo tiene instrucciones específicas de jugar los números abonados, y puede que esta vez la cosa cambie, puede que este domingo seamos millonarios, porque a los sueños y las ilusiones no se les puede aplicar ninguna fórmula matemática.

viernes, 12 de febrero de 2010

Ya Sé Qué Hora Es

Dice mi profe Chascas "Frente a una página en blanco, hay dos alternativas: paralizarse de miedo, o lanzarse al vacío y bucear hasta dar con un buen resultado"...

Desde el último día del año pasado he estado paralizado de miedo, léase, he tocado el teclado pero no así el blog. Ahora que me asomo a él por vergüenza lo veo como un lugar desconocido, me siento fuera de sitio, no sé quién ha escrito todo eso que veo aquí.

Hace rato que me he deshecho de la peculiar obsesión de escribirlo todo, y de repente me encuentro, tras cientocuatro días de ¨silencio¨ en el medio de dos yo: uno que se expresa y se revela (y se rebela), y otro yo manco y mudo que se mira hacia dentro y se desconstruye día a día.
Como resultado de tal silencio, he empezado a soñar todas las noches, y a recordar vívidamente cada uno de los sueños, cosa que nunca me había pasado antes. Tengo mas de dos meses soñando sin cesar, me levanto con historias raras en la cabeza, algunas dignas de ser contadas, en las que personas conocidas y personajes de mi mente se funden en un mundo que solo yo conozco, pero de mi mente a mis dedos se rompió, aparentemente, el puente por el cual cruzan las ideas. Así que calma, el escritor ha estado moribundo, pero el loco creador jamás.

A fin de cuentas ocurrió lo que más temía: Me he quedado sin palabras. A las escritas, me refiero, porque las otras bailan en mi mente y forman oraciones y conjuros contra la falta de memoria. No hay palabras para describir el proceso de una familia amiga que se hundió en un naufragio iniciando el año, ni para expresar la mezcla de desconcierto e impotencia ante las ruinas de Puerto Príncipe la semana siguiente. Quise escribir en ese momento, y no pude, porque a fin de cuentas no hay palabras para explicar que no todo hay que explicarlo, que no quiero explicar nada. Buscando hacia atrás atribuyo a este fatídico inicio de año la introspección de la que he hecho gala, y que mucho bien me ha hecho. Pero no es esa la razón de mi ausencia del blog.

Puedo alegar que la falta de publicaciones se debe a la falta de tiempo y energía, porque llego cansado a casa y mi teclado no e a prueba de baba, ya lo hedicho antes (¿o soñé que lo dije?). El tiempo y las energías los he dedicado a prostituirme en un oficio que no me retribuye proporcionalmente a la dedicación que le pongo, como un mal amor que te deja que te entregues y luego te da la espalda, pero al que no puedes abandonar tan fácilmente.

¿Cuál es, entonces, la razón de mi temporal divorcio con las letras? Es simplemente que hace tiempo que no he visto las 11 y 11 en ningún reloj, y que por ende no me ha visitado la musa. No sé cómo reconstruir el camino que me llevaba hasta ese sitio donde fluyo, hacia esa mágica hora donde soy.

Leí por ahí que "la visualización del 11:11 tiende a ocurrir durante épocas de conciencia elevada, teniendo un efecto poderoso en aquellos que lo ven.
Cada vez que vemos los números 11:11, los bancos de nuestra memoria celular son activados un poco más. Hay una agitación profunda en nuestro interior, una insinuación del recuerdo de algo largamente olvidado. La aparición del 11:11 es una confirmación poderosa de que estamos en la senda correcta, alineados con la Realidad Mayor."

O sea que hay miles de locos en el mundo a quienes les pasa lo mismo que me pasa a mí, o mejor dicho, me pasaba. Y entonces yo no estoy en conciencia elevada, y por lo tanto, no escribo. Bullshit.

Esta es mi droga, esta es mi adicción, y no renunciaré a ella. Este que publica hoy es parte de mi verdadero yo, de mi colección de yoes. y no me da mi regaladísima gana de renunciar a él cada vez que surja cual Mr. Hyde en el momento menos esperado, solo porque la expresión de mi interior no pasa por las manos de la maldita musa para quedar convertida en algo que pueda ser valorado.

No me importa si estas líneas no tienen sentido, si no tienen la carga poética de otras entradas, si no le complacen a alguno que otro crítico que se empeña en seguir leyendo esperando un rasgo de genialidad y metiendo presión para que eso suceda. Estas líneas tienen sentido para mí, porque pude nuevamente golpear el teclado con fuerza, con pasión, y sé que no voy a revisar el contenido cuando acabe, ni la redacción, ni la ortografía, sino que voy a volar, a llenar muchas líneas, a lanzar mis bytes al ciberespacio con coraje, con rebeldía, con el permiso que me doy de ser libre, desinhibido, y quizás incoherente, qué me importa, qué más da.

Quisiera decir que voy a comprometerme a publicar quincenalmente, pero ya eso sería esclavizarme. Lo haré cuando me dé la gana. Y la malditísima musa, que al parecer no le gustó la redecoración de este cuarto donde me siento a escribir, que se vaya por donde vino. No la necesito, porque mis manos tiemblan nuevamente al acercarse al teclado, de nuevo entro en el trance de la escritura, escupo ideas, repaso memorias, reinvento recuerdos, me invento yo mismo y al final solo yo sentiré el placer de darle al botón de send.

Que se vaya la fucking musa al carajo, porque aunque no he visto el reloj, estoy seguro de que nuevamente son las once y once.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Despedida de DMN

Ahora piensa abandonarme también este, como lo han hecho tantos otros antes. Debí saberlo desde un principio, para no encariñarme con él. Tanta gente que hablaba mal de él, desde mucho antes de que yo lo conociera, pero yo no les hice caso, y me alegro por ello.

Me tomó por sorpresa, cuando vine a fijarme en él ya habían pasado varias semanas de su llegada, y aunque no empezamos con buen pie, poco a poco me fue dando lo mejor de sí (o yo lo fui tomando, que no es lo mismo), de tal modo que estoy seguro de que si llego a olvidarme algún día de él, al menos él no se olvidará de mí.

Me sorprendió tantas veces que perdí la cuenta. Como siempre, me regaló nuevos amigos, pero me alejó de otros. Y aunque ya se va, aún no me conoce, no llegó a ver todo lo que puedo dar. Por eso, acompañándolo en su agonía mortal, le escribo esta lista, medio en serio medio en broma, para que quede testimonio de lo que me dejó:

Estado de Resultados del Sr. Simón De Castro -
Del 1 de enero al 31 de diciembre del 2009
  1. Me quise mucho más, quizás aún no lo suficiente. Traté de hacer más cosas que me gustaran, pero no se me dio. Al menos hice menos cosas de las que no me gustan.

  2. Pasé la mitad del tiempo llenando mi agenda y la otra mitad tratando de vaciarla.

  3. Usé muy poco el lado derecho de mi cerebro, mi blog lleno de telarañas es muestra de ello. El lado izquierdo lo usé para ingeniármelas como ingeniero, aunque a estas alturas no sé si me gané la vida o la perdí trabajando.

  4. Me bañé en tres playas diferentes, pero por primera vez en mucho tiempo, no me bañé en el río (pero me reí en el baño).

  5. Reafirmé mi definición de felicidad, sabiendo que su costo no debe ser la infelicidad ajena, pero por lo menos, me di más permisos de ser feliz (de tratar de serlo), y de no sentirme avergonzado por ello.

  6. Estuve descalzo menos tiempo del que me hubiese gustado.

  7. Traté de crecer equilibradamente, de cultivar cuerpo, mente y espíritu, y al final me quedé equilibrado, pero corto en cada una de una de estas tres patas.

  8. Me llegué a sentir pequeño al contemplar la ostentación del Duomo de Milán, y muy, muy pequeño al ver la miseria del barrio de Las Cañitas.

  9. Aunque canté en el carro, en la ducha, en karaokes, y hasta en la oficina, bailé muy poco. La culpa es de los merengueros malos, los locales chiquitos, y del calendario que me cae encima y no me deja trasnochar como antes.

  10. No encontré el amor, pero ya sé dónde NO está. Agudicé los sentidos en la búsqueda, y vaya si me divertí imaginando cuando llegue y me encuentre acompañado.

  11. Perdí libras hasta tener que achicar todos mis pantalones en los primeros meses del año, y al final del año encontré las libras perdidas y no tengo ni un pantalón que me sirva.

  12. Vi sesenta y un películas (fui más al cine que a Misa), pero solo leí siete libros. Compré cinco camisas y regalé once. Fui a cuatro funerales y visité nueve recién nacidos.
  13. Desaprendí mucho, y ahora tengo más espacio libre en mi memoria, pero no recuerdo para qué lo quería.

  14. Me di cuenta de que cada vez me basto más a mí mismo, y eso me preocupa. Solo necesito a Madelin, la doña que me limpia y me cocina, y ya. Y bueno, a mi familia, más nadie. Y a mis amigos. Y a mis hermanos de comunidad, y a mis compañeros de trabajo, y a mis vecinos, pero a nadie más.

  15. Amplié mi mente en vez de profundizar mis conocimientos. Desarrollé tolerancia hasta llegar a tolerar a los intolerantes.

  16. Me aumentaron… el trabajo. Me ascendieron… el monitor de mi computadora. Fui motivado… a reflexionar. Me reconocieron… a pesar de las gafas y la gorra.

  17. Me vi menos en el espejo, y ahora me conozco menos que antes, por dentro y por fuera.

  18. Comprendí que Dios se puso loco conmigo, estoy convencido de eso, pues siento que me dio de tó, y por eso también estoy convencido de que no quiero compartir "tó eso" con alguien que no crea en algo tan evidente y palpable como su presencia.

  19. Conservé mi sanidad mental. Y yo también. Igual yo.

  20. Sentí como un puñado de hijuesumadre me fueron jodiendo poco a poco hasta dejarme sin patria, pero me dejaron intacto el patriotismo.

  21. Pregunté más de lo que respondí. Di menos consejos, pedí menos consejos, y les aconsejo a todos que hagan lo mismo.

  22. Viajé a doce ciudades internacionales, pero no viajé a mi interior tanto como debí. Estuve en la torre Eiffel y en las cataratas del Niágara, pero me tiré menos al suelo a jugar con mis sobrinos y ahijados. En un mismo día desayuné, comí y cené en tres ciudades diferentes de Europa, pero otro día desayuné, comí y cené solo en mi apartamento.

Ahora, DMN, si estás leyendo esto, puedes irte en paz. Te prometo que mantendré vivo todo lo que me enseñaste, y hablaré de ti a los que vengan después. Puedes morir ya. Debes morir, porque ya empezaron las contracciones del parto de mi esperado DMD. Prepárate, año nuevo, que allá voy…

viernes, 11 de diciembre de 2009

El Día que la Tierra se Detuvo

El 11 de diciembre del 2009, mucho antes de la predicción Maya tan de moda ahora, el mundo se iba a acabar a las 10 de la noche. El año 9, la hora 10, el día 11, el mes 12… cualquiera se asusta. Yo me fui tranquilamente al cine mientras el resto de los habitantes de mi media isla se comían las uñas frente a sus pantallas de televisión esperando el final de Latin American Idol y el resultado final que decidiría la suerte de la concursante Martha Heredia. La segunda venida de Cristo parecía ser una mano de bingo comparada con el programa en cuestión. Y esto es lo que me ha pasado hoy...

Tenga en cuenta, señor Juez, que el día anterior, los síntomas de histeria colectiva que ya se venían presentando de manera sostenida durante las semanas anteriores, llegó a su punto máximo. Mire usted: Mientras me preparaba para ir al trabajo, me llegó un mensaje al celular: “Vota por Martha al 43657”. Recogí los periódicos de la puerta y en primera plana “Esta noche canta Martha”. Encendí la radio en el carro y adivine de quién se hablaba. Al llegar al trabajo, el tema de pasillo era… Martha.

Fue en ese momento que a mí se me ocurrió la brillante idea de escribir en mi Facebook “Les recuerdo a mis amigos que el mundo existía antes de Martha, déjenme respirar”, y el resultado no se hizo esperar: en menos de tres horas había 46 respuestas, unos dándome la razón y otros, la mayoría, acusándome de insensible, desadaptado social y antipatriótico (porque ahora el amor a la Patria se reducía a votar por Martha), pero no creo, Magistrado, que ese mensaje sea razón de peso suficiente para el crimen del que se me acusa.

En mi defensa debo decir, Señor Juez, que algunas semanas antes, cuando por fin visité a mi amigo Fernando a su casa después de meses de ausencia, no pudimos hablar pues me tocó sentarme a ver la entrega del dichoso LAI y a la Marthita cantando. La semana siguiente, en una reunión de amigos en casa de Víctor, me marché sin que nadie lo notara en el momento en que los quince invitados se pegaron de la tele a ver el escrutinio que haría clasificar a Martha una semana más. La siguiente semana, alguien me canceló una cena “porque Martha canta esta noche, imagínate”. De manera que mi resistencia al fenómeno citado iba cobrando sentido, su Señoría.

Sí, es cierto que años atrás caí rendido ante la primera entrega de “Operación Triunfo”, pero le juro que en esa ocasión a nadie hice daño, ni cambié mi actitud ante la vida, ni perdí la perspectiva, por eso ruego clemencia a esta corte, porque ya sé que todos, en mayor o menor grado, somos presa de la masificación de los medios en algún momento de nuestras vidas, pero yo solo traté de no caer en esta ocasión, y de sobrevivir para que alguien pudiera contar la historia.

Le cuento, señor Magistrado, que en mi niñez existía una versión microscópica de este fenómeno, y tenía lugar a una cuadra de mi casa. Se trataba del Festival de la Voz del Politécnico, en los Jardines, en Santiago. Existía un jurado (el mismo todos los años). Don Apolinar, mi tía Esperanza y doña Mery, eran músicos de profesión y nada tenían que ver con Jon Secada, Mimí y Mediavilla, los actuales jueces del citado LAI (note usted que he visto el programa, ¿eh?). Los concursantes eran también los mismos todos los años. A saber: Marinita, Marcelino, Joselito, Rosanna, y dos o tres más. Y ya se podía prever lo que ocurriría hoy, cuando en el último año del Festival de la Voz se decidió que el público tendría voto a través de sus aplausos, y en base a eso pasaron a la segunda ronda, contra todo pronóstico, Junior el pastelitero y el famoso Mingo, carentes de voz y talento, pero con sobrada popularidad en el barrio.
Gracias a Dios, señor Juez y señores miembros del Jurado, y muy a pesar del zapato que se le salió a Rosanna en medio de la canción “Trataré” de Lissette, ese último festival le sirvió de catapulta a Eddy Herrera, que aún hoy sigue guisando bien. Quizás por eso aquella fórmula siguió vigente a través de los años, en otros vecindarios y ciudades, y luego en la TV con programas como Cuánto Vale el Show y Buscando el Éxito.

Le cuento, señor Magistrado, que una noche de los mediados de los ochenta, Jocelyn la gaga que vivía en la calle de atrás, nos pidió a mis hermanas y a mí que la acompañáramos al festival de la voz de su colegio, y que ella, sin tartamudear, cantó la canción “Amigo” de Charytin y se alzó con la corona ganadora, regresando sin pena ni gloria al vecindario esa misma noche, como si no hubiera pasado nada, por lo que de nuevo mi perspectiva sobre el triunfo y la fama cambió.

Es por eso que les pido clemencia. Aunque me reconozco culpable de haberme ido al cine, de no haber estado en la calle o en algún colmadón, participando en algún sancocho, disfrutando los fuegos artificiales o llorando de emoción con los restantes diez millones de dominicanos que estaban unidos el día que la tierra se detuvo.

Perdone usted, si bien los ciudadanos decentes y los políticos, los chiriperos y los narcos, los religiosos y los ateos, se unieron por una sola noche a hacer lo mismo y yo no estaba con ellos. Perdone usted si por una noche en la historia no se llevaron la luz para que el pueblo disfrutara por unas horas de este opio colectivo que tanto necesitamos, y yo no estaba atento. Perdone usted si el Presidente habló de Martha, tema prioritario de la agenda nacional, y yo no lo escuché.

Estoy seguro de que bajó el índice de criminalidad anoche, estoy seguro de que los que se mataron en la Venezuela celebrando el triunfo de Martha, murieron por la Patria, estoy seguro de que se están reescribiendo los libros de historia a partir de ayer. Y yo, señor Juez, me hice el loco, quise ser yo mismo, y no ser un borrego.

Y dijo el señor Juez: “El veredicto es… CULPABLE”
Y dijo el jurado a coro: “BIEN CANTAOOOO”

domingo, 6 de diciembre de 2009

Mis Gigantes Favoritos (1): Agustín

Lo conocí cuando yo apenas tenía 15 años, él tendría 55. Un día como hoy él cumple 80 y yo casi 40, pero eso son solo números, porque entre nosotros nunca se ha sentido diferencia. En aquel momento, su cara seria y una joroba que apenas comenzaba lo hacían ver mayor, y quizás inaccesible, pero nada más lejos de la realidad. No me imaginaba que aquel señor calvo y de lentes gruesos se iba a convertir para mí en un amigo y un héroe personal.

A Agustín le tocó impartir Educación de la Fe en segundo de bachillerato, y lidiar con aquellos 90 muchachos con las hormonas revolteadas debe haberlo envejecido prematuramente. Para muestra un botón: en el paseo a los Montones que hicimos aquel año, fueron tantas las travesuras y el desacato, que nos prohibieron tener otro paseo en el tiempo que nos quedaba en el colegio. En el fondo, entendimos que era el merecido precio de una de las gozadas más grande que recordamos. Y en el medio de todo, Agustín con las manos en la cabeza mientras exclamábamos a coro nuestro recién estrenado lema: "Somos unos Salvajes". Qué belleza.

Y de aquel caos, Agustín sacó el mejor partido posible. Lo tomó como un reto, para sacar lo mejor que podía de aquellos salvajes que éramos. Y vaya si lo hizo. Corría el año 1986 y todos esperábamos con ansias la llegada del cometa Halley. Al ser un experto astrónomo, nos fue guiando paso a paso hacia lo que luego sería una de las decepciones más grandes que recuerdo, y de aquello también sacó partido, pues sin darnos cuenta estábamos todos de repente escribiéndole cartas al "Visitante", como le llamábamos a Halley, las cuales echábamos en un buzón y misteriosamente recibían respuesta. Le escribíamos nuestras inquietudes y problemas de adolescentes, y jugábamos a que no sabíamos que era Agustín quien respondía, con su impecable caligrafía Palmer y su bien cuidado lenguaje, suficientemente adulto como para responder de manera adecuada, y suficientemente joven como para conectar con nosotros.

De aquella experiencia a las visitas 'domiciliarias' que le hacía solo bastó un paso. El sabía lo mucho que me gustaban los postres, y la primera vez que me invitó a la casa de su comunidad, lo hizo con el anzuelo de algún dulce que ahora no recuerdo, pero no sin antes entregarme material de lectura, regalarme un par de consejos atinados y enseñarme su sonrisa de oreja a oreja más de una vez. Así se fue adueñando de los corazones de los que luego formamos bajo su tutela el grupo "Ara": Marcos, Rolando, Rafelito, Teresa, Luima, Jocelyn, etc.

Fue en esas visitas que pude encontrar el amigo que buscaba en mi adolescencia, ese que me comprendiera (o que me hiciera creerlo), que me escuchara sin juzgarme, que me acompañara sin controlarme. Tanto en su estudio como en la azotea del colegio encontraba canciones, libros, objetos, o simplemente me sentaba a verlo trabajar mientras le soltaba una que otra pregunta capciosa. La última vez que lo visité aquel año, antes de pasar al tercero de bachillerato, puso un cassette sin decir palabra, como quien no quiere la cosa, la canción decía: "Me han robado el corazón / los muchachos en la escuela / ellos pasan, tú te quedas / algo de ti llevarán". Era su manera callada de decirme que nos iba a extrañar. Tampoco dije nada, pero recuerdo la letra y la melodía hasta el día de hoy.

Ya al año siguiente la amistad continuó. Me tocó verle emplearse a fondo en la reconstrucción de la capilla del colegio. El mismo hizo todo el macramé decorativo, y sacó de algún lado un bloque de madera que convirtió poco a poco en una hermosa escultura de la Virgen. Me dejaba observarlo en plena labor, y aún de las cinceladas sacaba sabias enseñanzas que mi mente guarda como tesoros preciados. También en ese año me introdujo al mundo de las computadoras. En aquel momento presumía de tener una "Commodore 64", adelantadísima para la época, y allí por primera vez le puse la mano al artefacto en cuestión.

Hace poco me enteré de que cuando Fidel expulsó a los religiosos de Cuba, se tuvo que esconder y que estuvo en peligro cuando el populacho comunista rodeó al colegio de Santiago de Cuba y los insultaban y amenazaban. Nunca lo contó, porque su humildad y su sencillez no se lo permiten.
Y es que Agustín es de todo: escritor, poeta, dibujante, escultor, scout, astrónomo, informático, sicólogo, enfermero, radioaficionado, contador, hasta le ha tocado ser enterrador, y sabe Dios cuántas cosas más se me quedan fuera. Entre todas las cosas que sabe hacer bien, dejo para el final lo mejor que sabe hacer: Ser un tremendo maestro y un gran hombre de Dios, y como su nombre de religioso lo indica: Hermano. Ese gigante es mi amigo y mi hermano, con minúscula y mayúscula.

Siempre que pienso en él, pienso que lo que más me gusta, lo que quiero imitar, lo que más admiro, y es esa versatilidad, la libertad de sacar el máximo potencial al regalo de estar vivo, de ser todo lo que se puede ser, de dar todo lo que se pueda dar, y de disfrutar en el proceso de esa entrega.

Pasó la época de alumno, y yo seguí enganchado a La Salle todo el tiempo que pude, pero la amistad continuó estos últimos veinticinco años como un puerto seguro al que puedo acudir. Hace unos años lo atacó la leucemia, y en el tratamiento perdió la voz tempralmente. Yo lo visitaba y le hablaba, le contaba, le decía. Y él se limitaba a asentir, a sonreír como tan bien sabe hacerlo, y aún en su silencio, aquel hombre disminuido por la enfermedad me hacía sentir acompañado, querido, seguro.
Y aunque hoy cumple ochenta, sé que tiene en carpeta proyectos para los próximos 40 años, porque siempre hay algo por hacer, alguien a quien ayudar.

Es cierto que la distancia y el tiempo nos separan más de lo que yo quisiera, pero las pocas veces que hablamos por teléfono, o que intercambiamos e-mails, son un bálsamo dentro de mi estresada agenda, y un recordatorio del cariño que va más allá de profesor-alumno, de la amistad sin límites, esa que nace bendecida por Dios y tiene por eso la garantía de ser siempre nueva.

Feliz cumpleaños, amigo. Y gracias, Hermano Agustín, por tu amistad sincera y desinteresada de tantos años, que no pide nada y siempre da. Gracias por tenerme en tu corazón más que en tu agenda. Gracias porque TU ME ENSEÑASTE A VOLAR...

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Sudor, Saliva, Semen, Sangre, Silencio.


El 25 de noviembre fue declarado Día Internacional Contra la Violencia hacia las Mujeres en el 1981, en recuerdo de las hermanas Mirabal, asesinadas un día como hoy del 1960 por el maldito Trujillo. La propuesta fue reconocida oficialmente en 1999 por las Naciones Unidas como el “Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las mujeres”.

Cada año más personas e instituciones de diferentes países se unen a la conmemoración de este día, para llamar la atención de la sociedad sobre la violencia contra las mujeres, quizás la violación de derechos humanos más común y que afecta a mayor cantidad de personas.
Pero bueno, eso le pasa a "los otros". Esa operaria de la máquina de doble aguja que no se ha quitado las gafas el día entero, esa señora que me sirve el café y que emite un gemido de dolor cuando tiene que alcanzar la parte alta de la despensa, esa mujer con el vestido destrozado que pide limosna en la esquina mientras llora, esos son los otros, las otras.

¿Y qué tal tu amiga de toda la vida, profesional, educada, brillante, a cuya boda asististe, la que se casó enamorada con el tipo que estudió en tu colegio, el que hizo el retiro contigo? Ella también, lamentablemente. Lloré con ella, de dolor y de verguenza, de impotencia y de frustración. Por estadísticas, alguien cerca de ti también lo está sufriendo. Callar no es una opción. La esperanza de que las cosas cambiarán no es una estrategia. Resignarse no es una salida. Denunciar, conocer, aprender, apoyar, asistir, ahora estamos hablando...

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SUDOR
Maldita sea la hora en que te conocí, maldita la decisión de salir contigo la primera vez, y maldita sea la ignorancia de aquella adolescente estúpida que era en aquel entonces. Ya no soy esa chiquilla, aunque quizás siga siendo tanto o más estúpida que ayer. Maldigo los ocho años perdidos a tu lado, entregándote lo mejor de mí, viéndote transformarte poco a poco en la bestia horrenda, sudorosa, grasienta y peluda que eres.

SALIVA
Maldito seas tú, con tu olor a borracho inmundo y a perfume de puta barata. Malditos sean tus labios babosos y sucios que se quieren posar en mi cuerpo una y otra vez, y tus bíceps poderosos que me aprisionan cuando me niego y tu inmensa panza que me pesa como un lastre asfixiante cuando vuelcas tu asqueroso cuerpo encima de mí.

SEMEN
Maldita la hora en que aprendí a complacerte y a hacer el papel de esposa sumisa, porque eso fue lo que me enseñaron, porque eso era lo correcto. Aprendí a hacer el desayuno como tú querías, a hacer el amor como tú querías, pero tú apenas me mirabas, solamente sabías darme órdenes. Con el tiempo fui aprendiendo a no necesitar tu presencia, luego a desear tus ausencias. Hice un mundo paralelo en mi imaginación sabiendo que hasta ahí no podrías llegar. Fue allí a donde empecé a huir cada vez que tenía que entregarte mi cuerpo sin quererlo. De alguna manera tu lo descubriste y me gritabas mientras me violabas "en qué estás pensando, perra".
Fue en ese mundo que me refugié la primera vez que me empujaste contra la pared y me arrastraste por los cabellos en el suelo de la habitación. Recuerdo ese momento, pero he tratado de olvidar todos los que siguieron.

SANGRE
No entiendo cómo fue que dejé que las cosas llegaran hasta aquí, en qué momento empecé a dejar de ser yo misma para venir a ser esta porquería en la que tú has querido convertirme. No sé como vine a dar a este rincón de la sala, no entiendo qué hago aquí tirada como una muñeca de trapo, prisionera en mi propia casa. No entiendo qué hago en el suelo y a oscuras. ¿Y si me largara ahora mismo? ¿Irías a la policía, pendejo? Me gustaría saber qué descripción darías de mí: “Tiene cerca de treinta años, aunque parece mucho mayor. Tiene un moretón en el ojo izquierdo y cojea al caminar.” Tal vez si te escuchas diciéndolo llegas a abrir los ojos y te das cuenta del monstruo que eres.

SILENCIO
Y maldita yo, por no tener a donde ir, por no tener el coraje de levantarme de este rincón y empacar todo y largarme, por no tener el valor de decirte a la cara cuánto te odio.
Te odio, te odio, te odio por ser el animal enfermo y repugnante que eres, y me odio por seguir a tu lado, por sentir este miedo que me paraliza y por saber que tendré la cena lista para cuando regreses.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Sálvame

Sálvame, te lo pido,
mira que se hace tarde,
no todo está perdido,
tú puedes rescatarme.

Sálvame con tu abrazo de fantasmas pasados, de esos que surgen de la nada como virutas de humo, que por años me han hecho sentir esclavizado, que me quieren arrastrar con ellos al vacío, que inventan miedos nuevos cuando yo mato alguno de los que han traído, y que sólo pueden ser aniquilados con la magia de un abrazo lleno de vida, que entregue algo de sí, como el abrazo tuyo.

Rodéame con la tibieza de tus brazos, envuélveme en tu cariño, transfiéreme la fuerza y la sutileza que traes entre hombros y manos. Tus brazos pueden romper maleficios, salvarme de la duda, librarme del hastío, indicarme la ruta de salida. Aloja entre mi pecho y mi espalda las caricias que traes en tu abrazo, allí hay campo abierto para que te instales. Y recibe a cambio mi abrazo, entiende que en él pongo lo poco que me queda, pero lo pongo todo.

Sálvame con tu abrazo de morirme de frío, rescátame de un mundo que se achica y se hiela, que me mantiene aislado, viviendo en cautiverio. Coloca tu corazón encima del mío, y transmíteme tus latidos antes de que el silencio se apodere de todo, para que se pueble mi alma y se expanda el universo. Arrópame en tu ternura, despierta lo que duerme dentro, y ahora abrázame más fuerte, hasta que nos convirtamos en luz.

Así está bien, se siente bien tu abrazo, pero ya está bien. Ahora suéltame, por favor. Anda, ya estuvo. Suéltame, por Dios, que me aprisionas. Ya basta, déjame ir... Me estás haciendo daño, no puedo respirar, ¡sálvame!

Suéltame, te lo pido,
tú puedes liberarme.
¡Sálvame, te lo pido,
que no quiero asfixiarme!

miércoles, 28 de octubre de 2009

Palabras

Hay que entender la satisfacción que se siente al parir un texto y poder expresar una idea o un sentimiento en palabras, para saber también la impotencia que se siente cuando uno está frente al teclado y no puede tocarlo siquiera, porque se rompió el hilo invisible que conecta el cerebro (o el corazón) con los dedos, para conocer la frustración de pensar que te quedaste ya sin nada que decir, aunque dentro haya una ebullición de recuerdos, emociones y pensamientos.

Esto es lo que me ha pasado noche tras noche durante varias semanas, y no hallo la manera de romper el hechizo. Me tomo el café sentado, me organizo, me programo, y nada. Que las musas no existen, dice mi profe Chascas, y si contamos con ellas dejamos de escribir.

Mientras voy buscando la cura a este maleficio en mis sueños y en los universos paralelos en los que transito, me dedico a honrar a los que han podido superarlo, y leo.
Y es en las páginas de Sputnik, Mi Amor, de Haruki Murakami, que encuentro este texto:

“Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escribir. Como un granero atestado de cualquier manera (…) Imágenes, escenas, retazos de palabras, figuras humanas... Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores, y oigo como gritan: ¡Escribe!
Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlo en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos, y yo no llego a ninguna parte.”

Da coraje que hasta para decir que no puedo escribir, ya alguien lo escribió (Borges sostenía que ya todo estaba escrito, lo demás es hipertexto).

Lo mío son las palabras: habladas, escritas, leídas, cantadas, recitadas, pensadas, inventadas, rezadas, memorizadas. Sin ellas no puedo vivir, desde que imité por primera vez las que les escuchaba decir a mis hermanas y padres, desde que mi hermana Mónica me enseño a leer PAPA en mayúsculas, desde que descubrí que puedo expresar con ellas el más profundo sentimiento, describir la belleza y el dolor, convencer, enamorar, crear, destruir.

Amo las palabras, incluso las que todavía no conozco, y las amo tanto que hablo mientras duermo, y escribo en el aire con el índice en medio de reuniones, y converso con mis plantas, no para darles terapia sino para dármela a mí.

Amo las palabras, y en este momento no puedo hacer nada con ellas. Algunas las respeto, las guardo y nunca más las vuelvo a mencionar ni a teclear, como para poder así exorcisar su poder. Otras las repito incesantemente hasta que se conviertan en parte de mi boca y me hagan ser mejor persona. Algunas las combino para que formen otras nuevas, o me las invento para que existan más. Las palabras me abren puertas a un mundo nuestro, donde solo existimos ellas y yo. Me meten en problemas, me acompañan en mi soledad, me señalan el camino, se me atoran en la garganta… pero ahora se quedan colgadas en mis dedos y por más que sacudo las manos no llegan al teclado.

Amo las palabras, las que están en mis paredes, en mi pantalla, en la calle, en la boca de mis amigos, en las páginas de mis libros, en mis sueños, en mis ojos… y ahora están al borde de la muerte. Si así fuera, yo moriría con ellas, sin poder usarlas para describir esta impotencia y este dolor de que me den la espalda justo cuando más las necesito.

domingo, 13 de setiembre de 2009

Sigue

Inolvidable el día en el que coincidimos
en tiempo y en espacio, y que por unas horas
pudimos escaparnos del azar y el destino
y no entender de pronto cómo es que hay gente sola

Glorioso fue el momento en el que tú me cambiaste
píxeles por pigmentos y pulsos por presencia
y ante mi enorme asombro te materializaste
y cambiaste de pronto kilobytes por fonemas,

y los fuiste juntando, construyendo palabras
que con gran puntería, paciencia y sutileza
cada una buscó un sitio en donde se alojaba
para quedarse siempre dentro de mi cabeza.

Memorable la noche en que nos convertimos
en sus cómplices mudos, para que no se fuera;
sin negras intenciones y con negros vestidos
nos burlamos del tiempo y la prisa traicionera

Bendita fue la hora, genial fue aquel momento
en que ya no eras ojos, sino mirada buena
que luego acompañaste con sonrisas y gestos
que repito en mi mente cada vez que yo quiera.

Eterno aquel instante en el que se rompiera
el muro de cristal tras el que te veía
y con todas tus tropas cruzaste la frontera
conquistando el espacio de tu boca a la mía

Sigue adelante, sigue, y toca tus trompetas
vas a ver poco a poco derribarse otros muros
no te detengas, sigue, ten la bandera enhiesta,
que yo te doy permiso, aunque no estoy seguro
de que quieras volver cuando cruces la puerta
de que quieras quedarte, de que exista el futuro
que aunque ya tienes nombre, y tu existencia es cierta,
no así lo que ha nacido en mi interior oscuro.

martes, 18 de agosto de 2009

Es Más



Y ya que hemos llegado hasta aquí
no voy a oponer resistencia,
pues no quiero que te vayas
sin un premio de consuelo
o un recuerdo al que aferrarte
cuando suba la marea de la soledad.

Para que veas que no miento,
te permito usar mis manos,
te sugiero que las guíes con las tuyas,
a tu paso, a tu manera.
Llévalas donde haga falta,
imagina que te acarician
y que tienen interés en recorrer tu cuerpo.

Mis besos, te los alquilo,
has de saber que son ajenos
y que mientras no sean reclamados
puedes guardarlos en tu boca
para que no mueran en la mía,
pero no busques aprendértelos
porque son irrepetibles,
ni trates de adivinar su sabor,
porque la apatía no sabe a nada.

Para ocasiones como ésta
tengo a la mano algunas palabras útiles,
que aunque gastadas a fuerza de repetición,
todavía conservan su dulzura original
y que puede que funcionen
si se alojan en tu oído.
Tengo también disponibles
un par de sentimientos que no uso
y que pueden servir de algo en este momento.
Por ejemplo, no sé qué opinas:
¿Te parece bien que desempolve mi ternura?

Si quieres, puedes tenderte de aquel lado de la cama,
aunque también es ajeno.
No sé si te has dado cuenta,
pero lo conservo intacto,
por si el amor me visita.
Pero en lo que llega el día, te lo presto
con cuidado de no marcar tu silueta
ni de dejar colgados en él tus sueños,
porque cuando amanezca te los devolveré,
que aquí hace tiempo que no se sueña
y no me gusta guardar cosas que no necesito.

No te sientas mal,
pero es que este no soy yo,
por eso no importa si tomas el resto de este cuerpo.
Eso sí, si tus caricias no logran despertarlo
no te lo tomes de manera personal;
es que yo ya me he ido,
es que hace tiempo que no estoy.

Si es tan importante para ti
mostraré mi mejor cara,
fingiré estar interesado,
y ya que me lo pides, me voy a sonreir.
Fíjate bien que no he dicho que "te voy a sonreir",
pero te prestaré mi sonrisa
y así tal vez surja la tuya.

Después de todo,
no puede ser tan malo,
puede que hasta me acostumbre a ti,
puede que hasta sea real.

Es más, te voy a querer.