lunes, 24 de agosto de 2015

Adiós Malala

Hoy murió Malala.

Desde el día mismo que uno emigra, ya sabe que va a extrañar muchas cosas, pero en secreto uno piensa, entre las mil cosas que pasan por la mente al tomar la decisión de partir, en la muerte. Uno se plantea el escenario, morboso si se quiere, de qué se va a hacer cuando alguien cercano parta. Esto solo lo entiende quien ha estado lejos de su patria.

Es una gran ironía que la muerte lo ate a uno tanto. La vida transcurre, y uno la ve pasar, pero la muerte es un evento puntual que requiere de nosotros respuestas.  La respuesta en mi cultura, es el duelo expresado abiertamente, convertido en lágrimas, sin estoicismo, sin retener nada. Y con el tiempo se va uno acostumbrando a los rituales funerarios, y entendiendo su importancia, mas allá de lo social, cultural, o tradicional. Y es que el duelo hay que vivirlo, y en compañía.

Sin embargo, hay muertes que no nos permiten dar esa respuesta desde otra cultura. Y la pregunta entonces es: ¿Cuál es el mérito de la persona que ha partido para que uno se movilice? ¿Es una tía más que un amigo? ¿Es un vecino más que un compañero de trabajo? Es una pregunta injusta, cargada de dolor, pues el corazón es quien decide. Hoy mi corazón decide que quiere montarse en un avión, y no puede.

De nuevo, uno se plantea el escenario insoportable de esa llamada a mitad de noche, dando una noticia terrible que va a requerir movilizarse de vuelta a la patria, a la ineludible y necesaria cita de la despedida. Sin embargo, la llamada de hoy vino a media mañana, en plena faena laboral, y me dejó el alma partida en dos. Mi jefe me encontró en la oficina con los ojos rojos del llanto, y le expliqué que había muerto una sobrina mía. No estaba muy lejos de la verdad. Quienes me conocen de cerca saben quién era esta personita en la vida mía y de mucha gente cercana, y no faltó quien me llamara para darme el pésame, como si mi duelo fuera particular, y no el de muchos.

En presencia es tan fácil dar un abrazo callado, y que éste exprese lo que uno no quiere o sabe decir. Pero cuando se está lejos hay que verbalizar las palabras de pésame, y encontrar la manera de expresar el sentimiento en voz o en el teclado. Es una tarea ingrata, y no consuela ni libera con la misma efectividad, pero en este momento de impotencia es lo único que me sirve de consuelo, inmortalizar mi recuerdo de Malala en estas líneas. 

Hace ya diez años y ocho meses vino al mundo Maria Laura Concepción Ramos, un milagro que esperábamos con ansias después de mucho tiempo esperando que mis amigos Jennifer y Cesar fueran padres. Para la familia, los amigos y hermanos de comunidad, su llegada fue un evento memorable. La alegría era contagiosa en aquel diciembre en el que Dios nos bendijo con aquella bebita hermosa.

Con el paso de los meses fue evidente que Malala, como cariñosamente la apodamos, iba a tener muchos retos en su vida en el plano de la salud. Su desarrollo psicomotor no era normal. Con el tiempo pudimos finalmente ponerle un nombre al enemigo: Hipotonía, un término médico que indica disminución del tono muscular. Esto hacia que nuestra beba tuviera muchos problemas de movilidad, de deglución, de expectoración, etc. Así fue que, si ya estábamos cerca, nos acercamos más, y si ya la queríamos, la quisimos mucho más.

 Jennifer y Cesar se empeñaron en que Malala no se quedara recluida en la casa, y convirtieron a Malala en la acompañante, amuleto, chaperona, y mascota de cada actividad. Sobraban brazos para cargarla, y aunque ella no podía hablar, su sonrisa bastaba para conquistar al alma del más frio mortal. Alguien en una ocasión la describió como un angelito, y nadie lo vio como cliché, pues en efecto su presencia era causa de paz, y su enfermedad nos hacía unirnos en oración.

Su primera gran crisis fue en su tercer cumpleaños. Aquella vez  casi se nos va. Inundamos el hospital con nuestra presencia, como si fuera una gran red donde pudieran caer sus padres cuando lo peor pasara. Pero después de muchos días de tensión, finalmente pudo vencer a la muerte y regresar a su casa. Por supuesto, hubo nuevas crisis, y tras cada una regresaba a casa con un nuevo medicamento, un nuevo tubo, una nueva terapia. Aunque cada nueva crisis traía una preocupación o una complicación más que la anterior, también traía indefectiblemente el llamado, cada vez más fuerte, a que nos uniéramos como amigos y nos pusiéramos en oración. En algún momento, de llamarle angelito y princesa empezamos a llamarle guerrera y luchadora, y con sobrada razón.

 En sus diez años de vida, que fueron diez años de lucha sin cuartel, Malala conoció neumólogos, infectólogos, cardiólogos, pediatras, ortopedas, neurólogos, hematólogos, cirujanos, anestesiólogos, especialistas en Miami y en Dominicana, enfermeras, terapeutas del habla, terapeutas de movilidad, psicólogos, ambulancias, aviones-ambulancia, y la larga lista sigue sin que yo pueda enumerarla completa. Pero también conoció mucha gente que la acompañó, le oró, le cantó, la bendijo, le impuso las manos, le sonrió,  la acarició, y como yo, la amó. 

Con el tiempo y contra todo pronóstico, se hizo tan grande ante nuestros ojos incrédulos, que ya no podíamos cargarla. La singular sonrisa y la mirada elocuente a la que nos tenía acostumbrados se hicieron más esporádicas, pero cuando afloraban todo el mundo era tocado por el amor silencioso de Maria Laura. Le pedíamos a Dios respuestas, pero al mirar sus ojos observándonos desde la cama ya no recordábamos las preguntas.

Hoy murió Malala, la niña tan querida que sin abrir la boca evangelizó a mucha gente. Nos reflejó el rostro de un Dios diferente, un Dios de ojos grandes y pelo negro grueso, con cara de niña que quiere ser amada y que pide oración. Malala catequizó sobre fuerza y fe, sobre paciencia y perseverancia, y todo sin una sola palabra. Nos enseñó singularidad, confianza, aceptación, entrega, sobre el regalo de la vida, sobre el amor. Y nos hizo querer y admirar más a sus padres. Su mamá Jennifer, que ya se había robado mi corazón varios años atrás al elegirme como hermano, nos ensenó lecciones incontables sobre el amor de una madre decidida a darlo todo, sin perder la alegría ni la esperanza. Su papá César fue probado en el fuego, y descubrió una resistencia que ignoraba poseer, y es que Malala nos sacaba lo mejor de cada uno, y nos hacía unirnos más, y sin mover un dedo.

Esta es mi manera de vivir un duelo sin abrazos. Al escribir sobre Malala, saco todo el dolor de mi alma hacia mis dedos, y busco como siempre poder visitarme a mí mismo en el futuro y recordarme el privilegio y la bendición de haberla conocido y amado.

Hoy quiero dar gracias a Dios por la vida, breve y difícil, pero bendecida y fructífera, de nuestra querida Malala que finalmente puede correr y jugar y cantar como la vi tantas veces en mis sueños. Le doy gracias a Dios por haberla rescatado de la muerte, tantas veces que perdimos la cuenta. 
Pedíamos un milagro grande, y se nos perdían de vista los milagros pequeños que se nos concedían tan a menudo.
Y dentro de mi dolor, le doy gracias por llevarla finalmente a su lado, aunque en realidad siempre estuvo cerca de El.

Hasta siempre, niña amada. 
Dios te bendiga, niña hermosa.
Adiós, Malala.

lunes, 29 de junio de 2015

El Hijo Mayor - O Cómo Alegrarse con el Bien Ajeno


He esperado varios días para emitir mi opinión sobre la decisión de la Suprema Corte en USA sobre el matrimonio homosexual. Y es que me enseñaron hace tiempo que es sabio poner espacio entre el estímulo y la respuesta. Pues esta es mi respuesta, cuatro días más tarde, sobre los sucesos históricos de la semana pasada.

A raíz de un acto de apoyo tan sencillo como vestir mi perfil de Facebook con la bandera del arco iris, he tenido un fin de semana de lo más interesante, al observar muestras de amor y odio, ambos igualmente fuertes. En lo particular, me sorprendieron las muestras de amor de gente que ni me imaginaba, pero he hecho una breve y masoquista navegación y he observado escandalizado como se han escandalizado algunos, y como sus reacciones, en vez de ser de sana disensión, han sido de franco repudio.

Mi expresión y opinión sobre este tema, que no debe sorprender a nadie, servirá como “auto filtro” para aquellas famosas limpiezas de contactos que tanto anuncio y nunca hago, porque esta vez ni tendré que borrar a nadie, sino que va a limpiarse solito mi Facebook. Lamentable o afortunadamente en este despertar veré irse a mucha gente que creía amorosas, respetuosas, e inteligentes y que en realidad prefieren ver su verdad como la verdad.

Haters beware, no sigan leyendo y aprovechen esta pausa para salir de esta página, regresar a Facebook y borrarme ahora (o callen para siempre)…

(Pausa…musiquita… espera por los haters para que me borren).

Ahora, si decidiste quedarte y seguir leyendo, para luego contradecirme en mi propio blog o en mi muro, que sepas que no estoy buscando con esta publicación ningún tipo de discusión, sino de expresión, y que no te quiero imponer mi criterio y por lo tanto no me trates de imponer el tuyo.

Pues lo dicho, que a mí me parece estupendo que las parejas gay se puedan casar, por la misma razón que me hubiera parecido estupendo si hubiera vivido en aquella época el sufragio femenino, la abolición de la esclavitud o el fin de la inquisición. Porque se trata de igualdad, de un triunfo del civismo y de los derechos humanos. El título de esta entrada lo explica. Hay que alegrarse cuando al otro le pasa algo bueno. Si no le pasa eso a usted, entonces tiene problemas serios.

Aprovecho este espacio público para educar un poco a mucha gente que opina sin tomarse ni siquiera el tiempo de investigar sobre aquello que opina. Según pude averiguar en Google, algunos de los beneficios que se obtuvieron la semana pasada incluyen:

· Visitas hospitalarias. Las parejas casadas tienen derecho a visitarse mutuamente en centros hospitalarios y hacer decisiones médicas en nombre del cónyuge en casos de emergencia. Si te parece poco dedica unos minutos a ver este video de alguien a quien le negaron ese simple derecho: https://www.youtube.com/watch?v=k2CdX_y9L9w

· Beneficios conyugales de Seguro Social. Si uno de los cónyuges fallece, sus beneficios corresponden al cónyuge vivo. Como debe ser. Como esperas que pase con tu pareja que ha trabajado contigo y ha vivido contigo a través de los años. Explícale que no estás de acuerdo a esta pareja que tiene 54 años juntos:
http://www.huffingtonpost.com/2015/06/29/first-same-sex-couple-dallas-jack-evans-george-harris_n_7684464.html

· Inmigración y residencia legal. Los gay casados con extranjeros ahora pueden ayudar a su cónyuge a tramitar un visado de reunificación familiar para obtener la residencia y evitar que su pareja sea deportada. Yo conozco personalmente una pareja que lloró de emoción debido a este punto precisamente. Ahora pueden seguir juntos en USA, no con miedo a la separación inminente que les quitaba el sueño.

· Seguro médico. El simple derecho de incluir a tu pareja en tu seguro, como que parece muy lógico y sin embargo no todas las empresas apoyaban esta iniciativa, en algunos casos por intereses económicos más que morales o religiosos.

· Licencia familiar de días laborables. Las parejas gay casadas ahora tienen igual derecho que los heterosexuales a solicitar permisos de ausencia prolongada en sus lugares de trabajo para cuidar a un cónyuge convaleciente sin perder su empleo. Esta es para mí una de las mayores victorias obtenidas.

Hay otras ventajas como el no tener que pagar impuesto de herencia o sucesión, o como poder planear vivir juntos en un hogar de ancianos, y muchas otras ventajas, no cruciales como las que he mencionado, pero que siguen representando igualdad de derechos. Ah, pero es que la igualdad de DEBERES nunca ha sido debatida, ¡En eso estamos todos de acuerdo!

Ahora bien, si usted considera que esos derechos solo le corresponden a aquellas personas que tienen la suerte de ser heterosexuales, pues revise sus creencias sobre el amor y no se escude en su religión cuando usted sabe muy bien que se trata de asuntos legales.

Cuando digo “la suerte” de ser heterosexual quiero hacer un alto para que se entienda. Usted tiene suerte de amar sin ser señalado, de ser usted mismo sin tener que dar explicaciones. Usted tiene suerte de no ser discriminado, acusado, o hasta repudiado. Usted tiene suerte de poder procrear de manera natural como biológicamente puede hacerlo una pareja heterosexual. Usted y yo somos producto de un espermatozoide y un óvulo, en muchos casos fruto del amor, y esto es algo bello que me encantaría que todo el mundo pudiera tener, pero no es tan sencillo. La capacidad de procreación nos fue dada casi a todos, pero no así la capacidad de acceder a ella a través del amor. Y en esto no hay ley ni Suprema Corte que pueda otorgar la bendición divina de convertir el amor en vida.

Una persona inteligente no elige ese destino para sí. Yo opino que hay que ser muy bruto para ELEGIR un camino tan difícil. ¿Cuándo eligió usted ser heterosexual? ¿Cuándo se dio cuenta que lo era? Y es que el tema de la discusión de toda la vida es que no existe tal cosa como “preferencia” sexual. Se prefiere un sabor de helado o un color de ropa, pero se nace con una orientación sexual, es parte de la creación. Que una persona elija “ejercer” o no su orientación no lo exime de seguir siendo homosexual. Este es un tema que puede tardarse décadas en el debate, pero solo se entiende con ojos y corazón abierto. Hay personas que no son como tú, ni aunque quisieran serlo lo podrán ser. Supéralo, porque ellos probablemente ya lo superaron y no le dan tantas vueltas al asunto como tú.

Finalmente, debe entenderse que con esta conquista de los derechos humanos no peligra el sacramento del matrimonio, al cual defiendo a capa y espada. Tampoco hay que temer un resquebrajamiento de la sociedad establecida, como algunos apocalípticos insisten en anunciar. La ley que aprueba el matrimonio gay, así como NO promueve la homosexualidad, tampoco evita que esta ocurra. En otras palabras, si la ley no se hubiera aprobado, seguirían amándose personas del mismo sexo. Se amarían sin derechos, pero se amarían.

Yo soy católico, y tuve una educación (privilegiada, estupenda) basada en el temor de un Dios exigente y severo, un juez implacable, castigador, terrible. Y muchos años después alguien me hablo de un Dios que ni siquiera es amoroso, sino que es amor, es EL amor. El Dios del perdón, de la libertad, de la vida. No todos tienen la dicha de revisitar su fe como lo pude hacer yo. Y por eso decidí seguir siendo católico, y lo seguiré siendo a pesar del repudio de muchos “hermanos” que entienden que lo que está ocurriendo con esta aprobación es, cito, “asqueroso”, “abominable” y otros adjetivos cuyo uso implica odio, oscuridad del alma y falta de amor. Ellos no conocen al Dios que yo conozco, pero no por eso dejo de amarlos (aunque puedo amarlos desde lejos, fuera de mi muro).

Como dice una amiga mía, querida, católica también, informada, culta, y sobre todo llena de amor, en referencia a este hecho y poniendo como comparación la parábola del hijo pródigo:
“Esta es la historia del hijo mayor incapaz de alegrarse porque su hermano ha vuelto y que le hagan una fiesta”.

Alégrate, hermano, seas cristiano o no, porque a otros hermanos tuyos, hijos del mismo Dios, les han “hecho una fiesta”. Al alegrarte por un cambio en las leyes - que a ti no te quita pero al otro le pone - no estás cambiando tu parecer, ni tu creencia, ni estás promoviendo algo con lo que no estás de acuerdo. Tú seguirás contando con el amor del Padre, con la protección de las leyes, pero deja que tu hermano también la disfrute, aunque no estés de acuerdo con su vida.

En eso consiste el amor, en dar y recibir con libertad, en respetar y acoger, en amar la vida y el amor en todas sus manifestaciones, sean compatibles con tu tipo de amor o no.

lunes, 1 de junio de 2015

Eliseo Nunca Muere

Cuando estrenábamos la década de los 90, estábamos un grupo de amigos de excursión en el Pico Duarte. Después de un largo día bajando a pie la montaña de la Pelona, llegamos hasta el Valle de Bao exhaustos. Más tarde llegarían los guías en los mulos con las provisiones y las casas de campaña. De lejos veíamos cuando se acercaban al campamento, y entre ellos el papá de mi amigo, y el jefe de la excursión, el Ingeniero Luis Veras. Escuchábamos mientras gritaba de lejos “¡Eliseo nunca muere!”
Perplejos escuchamos la frase repetida como grito de guerra hasta que lo vimos llegar con el rostro lleno de sangre. Una rama le había golpeado severamente encima del ojo, pero el hombre seguía sonriendo mientras bajaba del mulo, lo limpiaban y le daban los primeros auxilios. Llevaba un par de horas sangrando, y repetía su grito victorioso mientras le daban varios puntos en la herida.
Más tarde nos explicaría el significado de la expresión, que adopté como lema ante la adversidad hasta el día de hoy.


Pero hay que volver atrás en la historia, exactamente cinco años atrás hasta llegar al día en que lo conocí, para empezar a entender a este personaje tan pintoresco al que con cariño llamamos “Luivera”. No Don Luis, no Ingeniero Veras, simplemente Luivera. Así le llamamos sus hijos biológicos y postizos y sus amigos cercanos.
Tenía yo quince años y él más o menos la edad que yo tengo ahora (aunque él insiste en que aún no llega a los 20 pues cumple años solo los 29 de febrero), y yo empezaba a entablar una amistad con mi compañero de clases Luima. No sospechábamos entonces que seguiríamos amigos con upgrade a compadres hasta el día de hoy. Era la primera vez que iba a su casa y teníamos al día siguiente examen de historia. Las horas fueron pasando y llegó la noche. 
- Mami, mi amigo me invitó a cenar aquí.
- Está bien mijo. Avisas para pasar a recogerte.
- (Más tarde) Mami, que si me puedo quedar a dormir aquí. 
- Déjame hablar con la mamá de tu amigo. Ta bien mijo.
Compramos un cepillo de dientes en el colmado de doña Roma y mi amigo me prestó el uniforme para ir al colegio el día siguiente. Nos dieron las quinientas y acabamos acostados en sendos sleeping bags en la sala de su casa. El papá de mi amigo llegaría mucho más tarde.


Al amanecer, siento que me dan una patada entre las costillas y abro los ojos. Con las manos en la cintura y una mirada inquisitiva el papá de mi amigo, que está de pie observándonos, me da los buenos días de esta manera:
- ¿Quién carajo eres tú y qué haces durmiendo en mi casa?
Tierra trágame, No sabía yo entonces nada del humor tan particular de este hombre.
- Mi nombre es Simón De Castro
- Y a mí que me importa, párese de ahí ahora mismo.
Cuando me llamaron a la mesa a desayunar, el hombre volvió a arremeter:
- Ah, porque también piensas comerte la comida de mi casa y yo ni te conozco
- Ya le dije que mi nombre era…
- ¡Cállese y coma!
Yo miré angustiado a mi amigo como buscando ayuda y él me dijo muy tranquilo: “No le hagas caso, Luivera es así”.

Tardé un tiempo en volver a pisar la casa, hasta el día que Luivera me mandó a llamar, que quería hablar conmigo. Yo llevaba preparado un discurso de disculpas y tal, y este hombre me manda a llamar a su habitación. Me hace seña que me siente a su lado mientras veía televisión y me dice “ráscame ahí”, señalándome un pie. Sin palabras ni explicaciones empezamos la relación más sui generis que yo haya tenido con una persona de otra generación.
Hago la historia porque es importante entender lo formal y circunspecto que era yo, y lo relajado y dicharachero  que era este señor, y cómo por los siguientes treinta años he seguido aprendiendo de él a tratar de no tomarme ni tomar las cosas tan en serio.


Mi relación con mi amigo se extendió al resto de la familia: Su hermana y su hermano son como tales para mí también. Su papá y su mamá por igual. Era normal para mí llegar a la casa sin anunciarme ni sin preguntar quién estaba allí o no, daba igual, era mi casa. Eso fue lo que Luivera me hizo saber poco a poco, ya fuera con algún gesto sencillo, o con mensajes mucho más directos cómo “Mira tú, a ti hay que llevarte a demasiados sitios en el vehículo de aquí, ponte a lavarlo ahí”, y de repente estaba yo trapo y manguera en mano lavando con mi amigo Luima la famosa Vanette que tantos tumbos dio con nosotros.


El escape por excelencia era irnos a su finca de Los Montones. Allí me enseñó a jugar dominó de verdad debajo de la mata de mango, me prestó su colección de libros de la Era de Trujillo, y en más de una ocasión se sentó conmigo en privado a preguntarme por mi vida. Era raro que diera consejo, pero escuchaba sin juzgar, algo que para mí era tan importante en ese momento como lo es ahora. Hasta el sol de hoy me llama, me busca, me sigue escuchando y haciéndome sentir querido, nunca juzgado (y mira que sabe mucho sobre mi vida como para hacerlo).


Luivera se hizo siempre amigo de los amigos de sus hijos, y nunca nos hizo sentir la diferencia de edad (de hecho, quizás en alguna ocasión el adulto era uno). En un momento dado me pidió que lo saludara de beso en la mejilla, como los hijos a sus padres, y así lo hice y lo sigo haciendo, e incluso le pido la bendición. Si mi papá fuera otra persona se habría sentido celoso por esta relación, pero si fue así nunca lo expresó, más bien se sentía cómodo con que yo anduviera en tan buena compañía.


Ha cometido errores, pequeños y grandes, y tiene tantos defectos como el que más, saca de quicio a cualquiera cuando se lo propone; Ha fumado, bebido, comido, andado y tropezado más que muchos mortales…  Y sin embargo, ¿Qué tiene este hombre que me hace admirarlo y quererlo tanto? Simplemente me quiere y me lo hace saber y sentir en todo momento.
No es un hombre pretencioso, por el contrario le atrae lo sencillo, disfruta con poca cosa, y yo trato de aprender esto de él. No se jacta, no se engríe, aún pudiendo hacerlo si quisiera. Es un hombre amoroso, le da a la familia y la amistad unas dimensiones extraordinarias. Es la mejor combinación de amigo y padre que he podido hallar en una persona, y simplemente lo quiero.


Con el paso de los años Luivera sobrevivió una leucemia, un cáncer de próstata y una operación de corazón abierto. “Eliseo nunca muere”, repite fielmente ante cada una de estas pruebas. Un día le pregunté de qué se trataba la frase de marras.
Resulta que cuando era joven, en la escuela de Bella Vista hicieron una obra de teatro en la que su amigo Eliseo T. era un espadachín que, en un duelo a muerte, debía caer al suelo de un sablazo mientras su adversario decía “¡Muere, Eliseo!”. Todo iba bien en los ensayos hasta que llegó el día de la obra, a casa llena, con familiares y amigos. Cuando llegó el momento, “¡Muere, Eliseo!”, el tipo se envalentonó y respondió “¡Eliseo nunca muere!”, ante el aplauso de la concurrencia enardecida. Varias veces trataron de infructuosamente de matar a Eliseo en aquella obra extendida, y su valiente batalla queda en la memoria de todos a través de las generaciones.


Hace unos meses su corazón ha empezado a fallar, y Luivera, igual que aquel Eliseo, pierde fuerzas y vuelve a ganarlas en una batalla diaria contra sí mismo. Caminar unos pasos, comer una comida completa, o entablar una conversación larga, son actividades que lo dejan extenuado.
Es por eso que, en este momento en que mi querido Luivera trata de buscar ánimo dentro de su enfermedad, yo escribo esto para que él lo lea en su tableta (a la que llama “Dios”, porque todo lo sabe y lo puede según él).

Se lo quise decir en persona hace apenas unas semanas y solo atiné a agarrar su mano y sonreir con él, pero ahora se lo digo mucho mas claro : Luivera, su cuerpo estará cansado, pero su espíritu se mantiene firme, usted tiene la capacidad de sonreír con una buena noticia y llorar con la llegada de un amigo a su puerta. Su mente sigue pendiente de todos nosotros, y tratando de resolver todos los problemas del país desde su cama. Su corazón sigue latiendo, mandándonos amor a sus hijos y nietos, cercanos y lejanos.

No se rinda, Luivera... Porque hoy igual que entonces, una vez más se levanta cada mañana y ya ha ganado la batalla, y en su mente resonará, esta vez en un gran coro compuesto por las voces de todos los que lo queremos, nuestra frase de guerra:
¡Eliseo nunca muere!

jueves, 19 de marzo de 2015

La Caja Negra

Debo contarme todo esto a mí mismo para que no se me olvide, para que la memoria del corazón se mantenga ejercitada, y para que la gratitud no se desvanezca con el paso de los meses.
De una vida plena en lo social, espiritual, familiar y cultural, había decidido  empezar de nuevo a mis 40 años en otro trabajo, en otra ciudad, en otro país.


Era un día como hoy, 19 de marzo, y era sábado.
Me sentía extenuado entre mudanzas agotadoras y despedidas lacrimógenas. De repente todo el mundo se había propuesto hacerme llorar esa semana, y mi corazón ya llegó un momento en que ansiaba ya fuera irme o quedarme, pero terminar aquella difícil transición.
Con dos maletas enormes me dirigí al aeropuerto, haciéndome el fuerte para que mis padres no me vieran llorar.


Cuando aterricé en Dallas aquella noche de súper luna, me esperaba mi amigo Manuel, quien me llevó a mi nuevo domicilio. Me entregó las tres cosas que para él eran indispensables en mi nueva vida: Una orquídea, una greca, y un GPS.


Yo caí rendido, pero al despertar tuve esa sensación extraña de ver un techo desconocido y por unos segundos no saber dónde estaba ni qué día era.
No deshice las maletas, sino que solo saqué un par de mudas de ropa, como si al evitar asentarme me estuviera convenciendo de que ya pronto me regresaba, mecanismos de defensa de esta mente loca que tengo como yo.
La mañana siguiente, arrancando la primavera, fui a hacer mis primeras compras en el supermercado. La cajera, en un arranque inusual de entrometimiento para el estándar americano, me dijo “cambia esa cara, todo va a estar bien”. Yo me dí cuenta entonces de que llevaba el ceño fruncido desde hacía más de 48 horas.


En la Misa de aquel domingo tuve la primera respuesta a preguntas que no alcanzaba a definir bien en mi corazón. Era la primera lectura, tomada de Génesis 12:
Yavé dijo a Abram: «Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación y te bendeciré; voy a engrandecer tu nombre, y tú serás una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan.”
Yo he visitado esa lectura en muchas ocasiones en mi corazón, y cobra nuevo sentido cada vez que la reviso contra las situaciones por las que me ha tocado pasar. Como la situación que atravieso ahora, justo en mi cuarto aniversario de esta aventura. Sé que esa promesa fue para mí, y que quienes ahora tratan de dañarme tendrán que vérselas con el director de mi película, mi Padre con P mayúscula.


Mi primer día de trabajo no fue agradable. Entre el choque cultural, la soledad, la nostalgia, el exceso de información recibida, los cambios que empezaron a suceder ese mismo día en la empresa, la sorpresa de que las cosas no eran como me las habían pintado, y el no saber dónde ir ni cómo andar, yo me sentía confundido, sin rumbo.  
Cuando llegué a la casa la primera noche, me decidí a desempacar y empecé a organizar algunas de las cosas que me había traído en la maleta. Fue entonces cuando “descubrí” la caja negra.


Justo una semana antes había participado por última vez en la Comunidad a la cual pertenecí y que formó parte importante de mi vida durante más de una década. Al final de la reunión de aquel lunes me entregaron una caja (negra) y yo que me imaginaba de qué se trataba, quedé sin habla entre la sorpresa y la congoja. Yo atiné a abrir la caja momentáneamente para encontrar que tenía cartas de mis hermanos y amigos, la mayoría de ellas manuscritas. Aquella familia tan especial que Dios había elegido para mí y que estaba hecha a mi medida había decidido hacerme el mejor regalo que hasta hoy he recibido: poner su amor en una caja negra.


Abrí la caja con cuidado al sacarla de la maleta, como si fuera frágil su contenido. Saqué la primera carta, y arranqué a llorar en la primera línea. Yo lloro feísimo, y por una condición de mis ojos produzco pocas lágrimas, pero lloro a menudo, como catarsis o como reacción espontánea ante alegría o tristeza. En esta ocasión eran ambas cosas. Cada noche durante esa semana sacaba una carta de mi caja negra y me sentía acompañado por esa persona, que me “declaraba” su amor en un papel y me daba ánimo para seguir.


Al cabo de varios días agotadores y noches cargadas de llanto, entendí que el ejercicio era algo masoquista, y ese domingo me senté con una caja de Kleenex a devorar el contenido de mi caja negra. Cincuenta cartas me estrujaron el corazón. Aquello era un inventario de abrazos y 'tequieros', un terrorismo afectivo que marcó mi existencia con la certeza de saber que el camino andado había valido la pena, y que bien podía seguir caminando hacia el futuro con la convicción de que nuevos ángeles serían puestos en mi camino disfrazados de amigos (y así ha sido). Después de todo, el tema de este blog lleva la frase de Soren Kierkegaard: "La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, mas solo puede ser vivida mirando hacia adelante”.  Mi caja negra me ayudaba a comprender y a vivir.


Al cerrar la caja decidí ponerle un letrero invisible “En caso de emergencia rompa el cristal” y acceder a ella solo cuando me hiciera falta un empujón o una palanca que me levante y me impulse, que me haga sonreír y sentirme querido. Así lo he hecho, y cual sorteo millonario, meto la mano y saco al azar una carta “premiada”. Últimamente, dadas las circunstancias, me ha tocado abrirla en más de una ocasión.
Por ejemplo, en lo que va de año, Roberto me llamó hermano y ángel, Ambar me recordó que soy transparente y sincero, Gilda me señaló que es válido tener temor y sufrir caídas pero que no estoy solo, y Rosa Julia me repitió que me quiere, y mucho.  He aprovechado con el paso de los meses para añadir nuevos tesoros a mi caja negra, como por ejemplo las cartas de mi mamá, siempre atinadas y emotivas.


Al abrir la caja, cobra nueva vida aquel Simón que llegó aquí pleno y feliz. Al cerrar la caja nuevamente, el Simón de hoy tiene fuerzas renovadas, sigue feliz, y tiene la capacidad de responder con fe los retos del presente, y de mirar al futuro con confianza. A veces pago de vuelta algunos de estos mensajes con otro mensaje o una llamada. Otras veces me entra la onda del “pay it forward” y el recipiente de mi gratitud es alguien de mi entorno, alguno de mis nuevos amigos quienes no tienen idea de mi inventario de amor y bendiciones, pero con quienes construyo nuevos amores.


Sabemos que la caja negra de un avión almacena datos que, en caso de un accidente, permitan analizar lo ocurrido. Si algo me ocurriera, quienes registren mis pertenencias podrán facilmente analizar lo que ha ocurrido en mi vida a través de mi caja negra.
Y lo que ha ocurrido es el amor, mucho, puro y bueno.

sábado, 7 de marzo de 2015

Del Sol y su Llegada

En los países del Caribe, a uno le enseñan en la escuela las cuatro estaciones y luego uno sale a la calle para darse cuenta de que todo eso solo existe en los libros, porque el clima prácticamente permanece invariable todo el año. Nos hicieron aprender (hasta el día de hoy) las doce estrofas del poema de Salomé Ureña "La llegada del invierno", sin comprender la belleza con que la poetisa dominicana hacía saber en sus versos que tal cosa no existía en nuestra tierra. Yo no lo entendí hasta muchos años más tarde.
Tampoco me era fácil entender que mis amigos americanos siempre me preguntaban por el clima. ¡Qué obsesión con el tema!

Obviamente, todo eso ha cambiado desde que hace cuatro años me mudé a Dallas. Ya expresé en una ocasión que aquí no solo hay que ver el pronóstico del tiempo diariamente, sino que a veces hay que verlo más de una vez. "¿No te gusta el clima ahora? Pues espérate una hora" fue el consejo que recibí al llegar.

El caso es que me han tocado ya cuatro inviernos en estas tierras, y he tenido que adaptarme a la temperatura y a los fenómenos que trae cada estación. La primavera, que en libros solía ser de pajaritos y florecitas y demás clichés, ahora es para mí la época de los tornados y las alergias. El otoño que significaba en papeles cambio de colores y tal, ahora significa barrer más hojas y nuevas alergias. El verano siempre ha sido mi estación preferida: shorts y sandalias, escotes y descamisados, barbecues y piscinas, cenas al aire libre, y sobre todo el calor del sol.

Resulta que este último invierno ha sido el más crudo que me ha tocado en esta ciudad, y justo cuando pensé que ya llegaba a su final, pasó algo que no esperaba: siete días sin sol. No se trataba ya de adaptarse a la temperatura, del hielo y la nieve, sino de la ausencia del astro rey. Guardé mis gafas hasta nuevo aviso y entonces entendí lo que en verdad significa ser caribeño y haber sido criado debajo de un sol candente. Este clima tiene su nombre que aquí llaman 'dreadry' y cuya traducción sería aburrido, triste y sin vida; deprimente, monótono, sin interés, plano, y tedioso. Y claro, así mismo se le pone a uno el alma.

Fue por eso que al final del castigo de estos siete días publiqué algo en Facebook sobre la aparición del astro rey que alguien sugirió que siguiera y ampliara. Yo me dije que era una buena oportunidad para hacer el ejercicio de creatividad y desempolvar el blog.
Lo publico en ocasión del inicio del "daylight savings" que nos hará ver más luz del sol (ver la entrada de este blog "Spring ahead, fall behind".

Acompaño esta entrada con la foto de una de mis puestas de sol favoritas de todos los tiempos, captada por mi celular en Bellingham, una ciudad a una hora de Seatte, un lugar donde hay muchos días "dreary" al año pero que este día en particular me brindó un atardecer inolvidable.

Por un momento me pareció cursi este romance mío con el sol, pero luego recordé muchas canciones bonitas que han nacido con la misma inspiración, así que ahí va,

Insolación

Levántame temprano, levántame sin prisa,
avanza sigiloso, despiértame a la vida,
llégate hasta mi almohada, devuélveme la vista,
bésame las pestañas, achica mis pupilas,
que mis ojos abiertos te den la bienvenida.

Estrenemos el día tomados de la mano,
que se inunde la casa con toda tu presencia.
Llega con el recuerdo de amor apresurado,
de olor a desayuno, de sonido de greca,
de pregón matutino, de calle que despierta.

Ven, que haces mucha falta, que la tierra esta fría,
que mi piel necesita tu caricia ardorosa,
trae calor, luz y brillo, irradia tu energía,
dibuja los contornos, pon color a las cosas,
da vida a nuestro entorno, haz las sombras más cortas.

Camina por el cielo con tu blonda melena,
coquetea con las nubes, juega a las escondidas,
diviértete en tu paso, disfruta la faena
y deja que aquí abajo, mientras bailas arriba,
recibamos tu fuerza y transcurra la vida.

¡Oh, señor majestuoso de dorada sonrisa!,
si en un momento débil te tapo con el dedo,
si yo me polarizo en mi punto de vista,
si evita mi mirada tu mirada de fuego,
no lo tengas en cuenta, es solo un devaneo.

Dentro de algunas horas terminará su giro
el planeta que cuidas con tanto ardor y celo.
Despídete del día con arte y con estilo,
haznos que devolvamos la mirada hacia el cielo
y con broche de oro muéstranos tu talento.

Una veta amarilla, un brochazo naranja,
tonos de luces blancas en este enorme lienzo,
un leve rayo verde, una dorada franja,
violeta, azul, castaño, un color rojo fuego
y matices de rosa que se funden en negro.

Descansa, hasta mañana, duerme con las estrellas,
que en las horas que faltan para ver tu sonrisa
reflejará la luna de tu paso la huella,
hasta que en unas horas, tu cálida caricia
me levante temprano, me levante sin prisa.

martes, 7 de agosto de 2012

Las Tres Veces que fui Rey

Ahora que acabamos de celebrar los veinticinco años de la promoción del colegio, me encontré con muchas caras de mi pasado, un poco más arrugadas y canosas, pero siempre trayéndome los gratos recuerdos de una época pasada y feliz. Muchos cuentos, los de siempre, salen a relucir, y nos volvemos a reír de las mismas ocurrencias de aquel entonces. Sin embargo, hay algunos recuerdos de mi época estudiantil que no le pertenecen a nadie más que a mí, y a raíz de este encuentro me han llegado a la cabeza algunos de ellos que hoy quiero compartir.

El Rey de la Pista

Era el año 1980, yo tenía diez años pero lo recuerdo como si fuera ayer. Estábamos en sexto curso, bajo la temible batuta de la Señorita Antonia, conocida entre los niños como “La Jamona”. Para sobrevivir ese año había que tener excelencia académica y una disciplina rígida, cualidades que la hermosa Guadalupe Martínez Arenas, de piel tostada y sonrisa impecable, había traído desde su México natal. No solo era brillante y disciplinada, sino que también era preciosa y gozaba de gran popularidad, sobre todo entre los varones, que suspiramos aquel febrero al verla disfrazada de hawaiana y bailar limbo con una gracia inolvidable.

Guadalupe cumplía años, y ese día llegó a clases con un paquete de invitaciones, algunas diez o quince. Yo la veía acercarse a cada persona repartiendo las invitaciones, y veía cómo le iban quedando cada vez menos, hasta que de repente se acercó a mí y me dio el tan esperado sobre acompañado del flashazo de su sonrisa. Esa tarde me bañé y me cambié temprano, cuando mi papá llegara del trabajo me iba a llevar a casa de mi amiga. Yo no pensaba en otra cosa, toda la tarde me imaginaba aquella niña tan linda con su cola de caballo y su dentadura perfecta.

Al llegar a la fiestecita, me refugié en la galería de su casa con otros chicos, haciendo mía la definición de la palabra pariguayo (anglicismo dominicanizado por “party watcher”). Ella ponía un LP tras otro en el tocadiscos, y yo la veía desde la ventana bailar con desenvoltura y garbo. Cuando cambió el LP puso el soundtrack de Xanadú, la película del momento. De repente se me perdió de vista y en eso siento que me tocan por detrás. Era ella, con su sonrisa deslumbrante, diciéndome que quería bailar conmigo.

Yo solo había bailado con mis hermanas en la sala de mi casa, así que no sabía qué hacer. Ella me tomó de la mano y me llevó a la sala. Sonaba la canción “I’m Alive”, que ahora sé que dura 3 minutos y 44 segundos, y que a mí me parecieron una eternidad, y a la vez un segundo. Me sentía el niño más afortunado del planeta, y bailé con ganas, todo yo, el rey de la pista. Y luego, por alguna razón que no entendí entonces, se me quitaron el apetito y el sueño por varios días. Bailar con Guadalupe aquella canción no solo catapultó mi autoestima (he seguido bailando hasta hoy creyéndome el mejor bailarín), sino que me dio un bello recuerdo que perdura treinta y dos años más tarde.

El Rey del Escenario

En 1983 se me presentó por pura casualidad la oportunidad de demostrar mis dotes histriónicas ante todo el colegio. Yo entré al salón de actos buscando la reunión equivocada, y Juan Ramón Mejía, ex alumno del colegio, estaba dirigiendo una obra de teatro con un grupo de mi curso, para presentarse en la semana cultural de ese año. Me quedé un rato viendo el ensayo y él me preguntó si yo quería actuar. Por supuesto que accedí. Me dijo que mi papel era el más importante, que sin mí no habría obra, y en efecto, eso fue lo que le dije a toda mi familia, que me fue a ver al Politécnico la semana siguiente (creo que hasta mis abuelos fueron). 

Para mí, que había estado en cuanta poesía coreada y velada infantil se pudiera estar, aquello de presentarse en público no era nada nuevo, pero... ¡El papel estelar! Aquello era un gran reto, y me lo tomé muy en serio. Llegó el tan esperado momento, y tras una breve introducción musical, se inició la obra cuando, muy seguro de mí mismo, entré al escenario, vestido de estudiante y mochila en mano. Me paré en el centro y exclamé la muy ensayada frase “¡Aaaaaaah, qué sueño tengo!” y me eché a dormir. La obra, que se llamaba nada más y nada menos que “Sueño de un estudiante” o algo parecido, trataba sobre todo lo que yo soñaba, y mientras yo estaba tirado en el suelo haciendo un magistral papel de dormido, entraban y salían actores con diálogos y coreografías. Nunca nadie durmió en una obra de teatro con tanta seguridad y de una manera tan convincente, pensaba yo. Un buen rato más tarde yo me despertaba diciendo: “¡Oh, todo fue un sueño!”, y allí terminaba la obra. Aplausos de pie, que yo me los tomé para mí, el rey del escenario, y muchas felicitaciones por mi papel estelar. Tal como dije, sin mí no había obra.

El Rey de la Cancha

Un año más tarde, en el 1984, tenía yo catorce años, mucho más pelo y muchas menos libras. De hecho, era flaco y algo desgarbado. El deporte y yo no nos levábamos muy bien (situación que perdura hasta el día de hoy), sin embargo había que elegir una electiva de deporte, y yo ese año me decidí a apostar por el baloncesto. Pensaba que era lo normal, de hecho, la mayoría de mis amigos lo practicaban exitosamente.
Por más que mi amigo José Daniel se empeñó en darme tutorías de basket, mi falta de coordinación era impresionante, cosa que no pasó desapercibida a los ojos del entrenador Oscar, a quien yo veo hoy como el ejemplo del anti-coach. El tipo me dijo el primer día de clases “usted no da para esto, búsquese otra clase”, pero tenía que esperar todo un año para cambiar a otra tortura deportiva. Cada miércoles yo le rezaba a San Isidro labrador, (“pon el agua y quita el sol”), para que lloviera y no tuviera yo que ir a la clase de baloncesto, pero era en vano.

Llegó el momento de los juegos intramuros, y a mí me tocó el equipo amarillo. Calenté la banca durante la mayor parte del partido, hasta que llegó el director de deportes, Rómulo, y le dijo al entrenador Oscar que las reglas decían que todos los miembros del equipo debían estar en la cancha al menos una vez. Por más que renegó, tuvo que acceder, y me dijo esdtas inolvidables y motivadoras palabras: “te voy a meter a la cancha, tú solo corre de un lado para otro y no te atrevas a tocar la pelota, que te mato.”

Fue así como entré al juego quedando pocos minutos para que se acabara, y llevando la ventaja el equipo contrario por un par de puntos. Efectivamente corría de un lado para el otro, y bien que lo hacía. Pero resulta que en una de esas, corrí hasta la cancha donde mi equipo encestaba y me encontraba solo debajo del canasto. En ese momento Ricci, la estrella de mi equipo, se ve acorralado y no puede más que hacer un pase. ¿Y a quién decide darle el pase? Nada menos que a mí, por pura lógica, ya que me encuentro solo debajo del canasto. Incrédulo, veo en cámara lenta como la pelota llega a mis manos y el mundo se detiene, llega el silencio, estoy solo en el universo, nadie existe. Y que pico la pelota una, dos veces, y fijo mi mirada en el canasto, ¡Y encesto! No lo podía creer, yo era el rey de la cancha, y de repente aplausos y gritos de euforia de mi equipo, y de una gran cantidad de gente que observaba la escena. El sonido del maldito silbato de Oscar rompe el hechizo, pide tiempo y me saca de la cancha echándome maldiciones en vez de felicitarme. Veo el marcador, estamos empatados (gracias a mí), y aunque perdimos el partido, yo me fui a mi casa sintiéndome la vaina más grande del mundo.

Ha llovido bastante desde entonces. Guadalupe falleció en el terremoto de México del 1985, el director deportivo Rómulo falleció hace algunos años ya. No han fallecido, sin embargo, mis esfuerzos por mantener la autoestima a flote a pesar de los pesares. Aún creo que puedo ser el rey de la pista, que puedo ser un milagro en alguna cancha, que puedo ser un gran actor.
No ha fallecido tampoco mi memoria. Soy el rey de los recuerdos, el rey de los sueños de un pasado inocente y feliz, y quizás en un futuro saque de mi mente las cosas que me pasan hoy y que me grabo para contármelas a mí mismo algún día, sin poderme dar palmaditas en la espalda, pero diciéndome a mí mismo: “Tú puedes”.

En estas tierras remotas, “no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey.”

viernes, 11 de mayo de 2012

Aburrido

Esta semana sembré petunias en mi balcón. Y le pregunté a mi amigo Manuel, experto en jardinería, cómo lo debía hacer. Entre las instrucciones que me dio, me dijo “Eso sí, elige solo un color, que así se ve mejor”. Y yo me quedé en el vivero embelesado viendo petunias blancas y moradas, sin saber cuál elegir. ¿Pero y  por qué un solo color?, qué estrés. Y me reí de camino a casa al imaginarme el efecto político que iba a tener mi balcón con macetas de petunias del PRD y del PLD, dos colores para llevar la contraria. Y es que todo tan simétrico y uniforme, por Dios, es casi aburrido. Cuatro maceteros del tamaño exacto para el ancho estándar de mi balcón estándar, qué ganas de sembrar una enredadera de auyamas que se meta al balcón vecino para ver si me busco un lío.

Y es que no tengo vecinos. O mejor dicho sí, pero son invisibles y no tienen nombre, y son tan silenciosos y educaditos que así no da gusto. Nadie pendenciando la vida ajena, nadie con quién pelear por la música alta ni porque se estacionaron en mi parqueo. ¡Pero qué digo, si hay parqueos de sobra! Parqueos anchos y bien delimitados, o sea que ni un roce de la puerta del carro de al lado puede uno tener para pelear por algo. Es aburrido, estos pasillos limpios e iluminados y estas paredes que parecen recién lavadas.
Me voy a mi trabajo pensando en estas cosas, y me doy cuenta de lo monótono que es circular con estos semáforos coordinados, sin entaponamientos ni carros de concho, ni vendedores en triciclos, ni peatones suicidas, todo el mundo en su carril. De pronto me percato de que no he dicho una mala palabra en muchos meses. Pero claro, si no hay un hoyo ni un badén, y no hay a quien echarle la culpa de nada, ni un gobierno corrupto ni un ayuntamiento  irresponsable  que lo haga a uno distraerse del perfecto tráfico. Pobre gente esta, que no puede botar el estrés ni manejando. 
Me paro en el semáforo, al fin rojo. Nadie mira a los lados, nadie con un musicón a todo lo que da, nadie se mete un dedo en la nariz (¿qué será lo que tienen los semáforos que hacen que los dominicanos se busquen los mocos?). No hay un vendedor de tarjetas de llamadas, ni de perros, ni de flores, ni siquiera alguien con una de esas esponjas teledirigidas hacia los vidrios. La luz cambia a verde, y para gozar un poco, me quedo parado, a ver si por fin alguien toca la bocina. El pendejo que está detrás de mí espera a que me mueva. No me muevo, así que me rebasa sin mentarme la madre ni sacarme el dedo. ¡Ay Dios, pero qué aburrido!

Y ni qué decir de manejar en las autopistas. Ni un solo letrerito de campaña, ni una valla gigante anunciando nada, y un reguero de luces que hasta molestan la vista. Un verdadero peligro quedarse dormido del aburrimiento en estas carreteras de diez vías.

Llego a mi trabajo, aburrido, aburridísimo. Aquí nadie lleva un san, ¡Esta gente no conoce lo que es un san, por Dios! Nadie vende prendas en una gaveta ni te estrallan un catálogo de Amway en el escritorio. No hay señora que sirva el café para enterarse de los últimos chismes a través de ella. Es más, la gente se lleva el café a su oficina y no pasilla con el vasito en la mano, brujuleando a ver qué es lo que se mueve. Predecible, demasiado predecible. Nadie se está acostando con nadie, y si lo hacen, lo hacen tan bien que no le dan comida al pueblo que intrépido y fuerte. Todo el mundo habla bajito y despacio, no hay un cuento, un chisme, una noticia, todo va según el plan. Y yo me muero de aburrimiento.
En el súper no hay que estar chequeando precios, ni fechas de vencimiento, ¿Pero cómo se entretiene uno así? No hay una fila en el delicatesen para chismear con los de al lado, no hay carajitos corriendo y tirando cajas, ni demostradoras de productos con ofertas abordándolo a uno. Me pregunto si realmente me están viendo, si acaso existo, me palpo y me doy cuenta de que estoy ahí, pero la escena parece salida de la película de Stepford Wives, hay una perfecta coreografía en los pasillos, nadie va en via contraria, ¡Ay, cómo quisiera estar en La Sirena en este momento, dándome un baño de pueblo!

Voy al banco y no hay nadie en fila, no hay gente por parte. Quisiera que hubiera estafetas de pago para escuchar a la gente comentando sobre el costo de la vida, pero ni eso. No hago fila tampoco en el mecánico, ni en el cine, ni en la gasolinera, ni en ninguna parte. Con lo divertido que es enterarse del acontecer noticioso a través de un compañero de fila. Me voy a Starbucks, y por pura diversión, en vez del consabido “Tall Cinnamon dolce latte with soy and no cream” que en realidad se debe decir más rápido, lo que hago es que me paro y digo “Hi”. Y la cajera me mira desconcertada. Y le digo “I want a coffee”. Y tartamudea al preguntarme “What do you mean?” La fila crece y yo me tomo mi tiempo, porque esto es realmente divertido. Al final cedo a la presión de la perfecta sincronía y digo en un solo segundo “tallcinammondolcelattewithsoyandnocream”, y todo vuelve a la normalidad, qué aburrido.
Me voy a Misa a pedirle a Dios que me mande entretención, y allí todo está tan organizado que da gusto, o susto. No hay limosneros en la puerta, adentro todos a una cantando en un perfecto coro, nadie desafina, ni siquiera una vieja cantando destemplado para sentirme que estoy de verdad en la Iglesia. Los bebés no lloran, están entrenados para eso. El abrazo de la paz es un apretón blandengue de manos en una ligera inclinación de veinte grados hacia adelante, saludo con media sonrisa, norte-sur-este-oeste y de vuelta a mi posición. Para la comunión una fila perfecta, el primer banco, el segundo banco, y así sucesivamente. Qué ganas tengo de lanzarme al medio del pasillo en cualquier momento y romper la armonía y vocear “¿Quién vive?”, pero mucho temo que no me dejen volver.

Así que de vuelta a la casa, a vivir un silencio que mortifica, sin un bandereo en la calle ni una guagua anunciando nada. Extraño al hombre que a las siete de la mañana compra hierros viejos con un megáfono (y que me persigue a cualquier ciudad de R.D.) Me voy a la cama a las once y once, y cuando trato de conciliar el sueño oigo un ruido raro… ¡Por fin algo que me rompe la rutina! Mis vecinos de arriba están dando ejemplo de cómo se ama con el espaldar de la cama pegado a la pared. ¡Gracias, Señor, por mis vecinos tan llenos de energía!
Pero aquella sesión amatoria de mis vecinos solo fue el preludio de que hoy los planetas se iban a alinear. Hoy el día empezó a dar señales de que iba a ser diferente cuando me enteré que alguien se había comido el yogur que dejé ayer en la nevera de la oficina. Eso fue un par de horas antes de que sonara el tiro y se explotara el transformador que dejó sin luz toda la cuadra, y que me hizo salir más temprano del trabajo. Me empecé a sonreír al percatarme de que el mundo era real, imperfecto.
Media hora después caí en el único hoyo de todo Texas, y una goma casi se me vació, así que tuve que pararme a echarle aire y había una maravillosa fila en el lugar. La vieja que me atendió en la bomba, en vez de ser amable, me trató perramente (todo me está pareciendo de nuevo familiar). Llegué corriendo al residencial para dar la queja del ruido de los vecinos y ver si empiezo un chisme de eso, pero en eso me ladró un perro, encontré una de las puertas averiadas, no hallé estacionamiento más que hasta la segunda planta, y al llegar a recepción hay otra fila de cuatro personas. Me regresé a la casa sin poder dar la queja y empecé a estornudar, creo que me está por agarrar un catarro. Esto sí que es vida. Apagón, gripe, goma vacía, fila, averías… ¡Ah! Al fin me puedo molestar con algo o alguien.
Ahora me voy a descansar, si es que mis vecinos me dejan. Mañana cuando me levante pienso hacer un pique por algo y llegar a la oficina a poner otro yogur en la nevera, que me está gustando el jueguito este. Si todo sigue así, por fin podré decir la palabra que mis labios anhelan decir desde hace tanto tiempo y no hallan la ocasión propicia para hacerlo. Si las cosas siguen como van finalmente podré gritar, in extenso y sabroseao, un saludable COOOOOÑOOOOO.....

lunes, 19 de marzo de 2012

Spring Ahead, Fall behind


Los americanos pudieron lograr exitosamente durante la primera guerra mundial lo que los dominicanos no pudimos hace una década, y fue implementar el cambio de hora para ahorrar energía. El entonces presidente Hipólito, con una idea buena, una implementación mala, y una planificación pésima, lanzó una ley que inició tremendo lío.
La que se armó aquella vez fue memorable, que si era una hora para adelante, que si era para atrás, la gente opinando, que no era así, que no me gusta, etc. Yo que empezaba a trabajar a las 7 de la mañana en una planta de manufactura de zona franca, vi llegar la fila de gente con rolos y bostezando, protestando “Jesusantísimo, salí de mi casa a lo ocuro”. Recursos humanos tuvo que flexibilizar sus estándares de tardanzas en lo que la gente se ajustaba… hasta que “echaron para atrás” la famosa ley. Y lo gracioso del caso es que cuando digo “echar para atrás” era simplemente eso lo que había que hacer con el reloj en aquella época que insistimos en llamar invierno en nuestro país (muy a pesar de lo que Salomé Ureña escribiera al respecto).

Los gringos no son más inteligentes, simplemente son más prácticos, y para que la gente no se confunda se inventaron una frasecita muy interesante que hace que el carajito más amemao o cualquier pendejo con cédula de identidad  sepa lo que hay que hacer en estos casos. “Spring ahead, fall behind” es el juego de palabras que en doble sentido explica que en la primavera la hora se adelanta y en el otoño se atrasa (por otro lado significa saltar hacia adelante, caerse para atrás). Y cualquiera se cae para atrás al ver la naturalidad con la que esta gente elimina o añade una hora de sus vidas sin siquiera despeinarse.

Una hora, sesenta minutos que pueden ser maravillosos o terribles. Un segundo que se repite tres mil seiscientas veces para deleite o desgracia de alguien. Y mientras más lo pienso, más alimento la idea de que sería genial poder tener la libertad de adelantar o atrasar una hora indistintamente en diferentes momentos de nuestra vida. Se puede patentar la idea y se convertiría en una gran revolución. Por ejemplo, los lunes en la mañana la demanda de “fall behind” antes de las 7am sería altísima (para poder dormir una hora más), y los viernes en la tarde subiría exponencialmente la demanda de “spring ahead” (para salir corriendo de la oficina).

Esa vaina de la relatividad del tiempo que se inventó Einstein tiene todo el sentido del mundo y no hay que saber de números para entenderlo desde chiquito. Cuando la mamá dice “deja que llegue tu papá y tú verás la pela que te espera”, uno se quiere caer para atrás en un oportuno “fall behind” que le alargue la tarde al pobre muchachito que no merece tal pela (y como quiera me la dieron). Y si la misma mamá y el mismo papá anuncian que “mañana vamos para la playa”, uno quiere brincar hacia adelante en un tremendo “spring ahead” que lo haga a uno llegar al mar.

Ahora que han pasado dos o tres años años después de los citados ejemplos de mi niñez, pienso en momentos muy específicos en los que hubiera querido adelantar las horas para que el tiempo pasara rápido, como las horas de espera afuera de la sala de cirugía, las horas que faltan para salir de una funeraria al final del día, o las vueltas que hay que dar a las páginas del calendario y luego al reloj antes del esperado reencuentro con mi gente.

En otras ocasiones, hubiera querido eternizar los minutos y que el tiempo no pasara, como la primera vez que me tocó dormir a mi sobrino Jean Paul, la última vez que comí en casa de mi abuela Elisa, aquella última comunidad en la que participé hace un año, el primer amanecer acompañado y amado, o aquel atardecer en Sosúa acompañado de amigos. Pudiera hacer un perfecto collage de momentos que merecieron ser eternos, y mientras lo hago se me va una, dos, varias horas. Se me van estas horas de hoy, en las que estoy viviendo un tiempo que luego voy a añorar.

Las horas en el aeropuerto, despidiéndome de mis padres, no sé qué hacer con ellas, si atrasarlas y atesorarlas como el último tiempo que se nos ha dado para estar juntos, o adelantarlas para poder pasar rápido la agonía de esta despedida sin palabras y sin sonrisas, estos últimos minutos en los que finalmente somos nosotros mismos y yo vuelvo a ser un frágil niño. De repente decido adelantarlas, que se vayan rápido para no ver a mi mamá vulnerable y a mi papá triste. Que el avión me lleve lejos de aquí, rápido, que pasen las horas, una tras otra, sin pensar mucho ni mirar atrás.
Y se me da el deseo y pasa la hora. Y pasan dos, y veinticuatro, y comienza el spring, y de repente son ciento sesenta y ocho, y quién diría que llevo una semana aquí. Mentira, ¡Un mes! Si ya pasaron más de setecientas veinte horas. Cierro los ojos, Spring ahead, ya llegó el verano, y Fall behind, ya llegó el invierno, y cuando abro los ojos ya pasaron ocho mil setecientos sesenta horas, todo un año desde aquella despedida en el aeropuerto un día como hoy hace un año.

¿Dónde se fueron esas horas? Según mis cálculos al menos dos mil se fueron sentados frente a un escritorio (spring ahead, please!), dos mil más buscando en mis sueños el camino de regreso a casa (fall behind, una hora más por favor), y al acabar este escrito se me fue una hora más, una que no vuelve, una que me acorta la vida o que se suma vida a la pila de horas vividas.


Si solo me dan una hora, la quiero vivir a plenitud, con sonrisas, abrazos y carcajadas, rodeado de gente querida. Solo una hora, solo una, y vivirla ocho mil setecientas sesenta veces, y repetir el ejericio cuarenta y dos veces, y al resultado llamarle "vida"...

jueves, 8 de diciembre de 2011

No tienes nada de santa


Ahora que te he vuelto a escribir pienso que no debería hacerlo. Después de todo, has ignorado tantas cartas mías, que volver a plasmar mis deseos y hablarte de mí en el papel, es más un hábito que una necesidad. Lo hago porque hoy, después de un tiempo, he vuelto a verte. Ya había escuchado que estarías en la ciudad y no quería perder esta oportunidad, así sea tan solo para recordarte que existo, si es que acaso eso te importa.

Recuerdo la primera vez como si fuese hoy. Estabas entre la gente, y aunque no te podía ver bien, me fui acercando poco a poco, primero con timidez, luego decidido a verte de cerca. Me sentí atraído, casi hipnotizado por tu vestido rojo, diseñado especialmente para un cuerpo como el tuyo, diseñado para llamar la atención, diseñado para que todos se percaten de tu presencia. Te he visto usar la misma ropa otras veces, pero nunca me causó el efecto de aquella vez.

Ahí estabas, a pocos metros de mí, eras el objeto de la atención de todos. Entonces me viste, me sonreíste, me hiciste una seña de que me acercara y así lo hice. Me puse nervioso, me acerqué, tu mano se posó en mi hombro. Con tu sonrisa pícara me preguntaste qué era lo que yo deseaba. Iluso yo, que pensaba que tú ya lo sabías, pero con un poco de vergüenza te lo susurré al oído, y recibí por respuesta tu estridente e inconfundible carcajada.

De repente todo era silencio, y solo se escuchaba era tu imposible risa que sonaba a burla. Volteé a ver a mi alrededor, todos me veían, me sentí extraño y diminuto, y me alejé de tu lado. Al poco rato quise volver, pero ya estabas con otro, ambos se reían, y los vi insoportablemente felices. Esa vez, como tantas otras, me senté a escribirte, y como tantas otras veces, no obtuve respuesta ninguna.

Al darme cuenta de que todos te conocían, empecé a averiguar todo lo que pudiera de ti, pero los trozos de información que iba recibiendo no me ayudaban a formar un cuadro muy fiel. Después de todo, solo sabía que venías de muy lejos, que te gustaba el color rojo, que te encantaban las chimeneas, y que viajabas por el mundo, casi siempre en compañía de ese tal Rodolfo.

Tú y tus fugaces apariciones, tú y tus puntuales desapariciones, por tanto tiempo que hasta me olvidaba de mencionar tu nombre, y si lo hacía sonaba extraño. Por eso dejé de esperarte, dejé de buscarte, dejé de nombrarte, y al mismo tiempo sé que volverás y casi hasta puedo predecir cuándo.

Pero también, tú y tu bondad, tú y tu mirada buena, tú y tu maravillosa obsesión de ayudar y hacer sentir bien a todos, tú y tu energía amorosa. Por eso, aunque sé que no soy el único en tu vida, te espero, te busco, te nombro, y al mismo tiempo sé que tu indiferencia volverá a golpearme.

Han pasado ya muchos años, y tú sigues con tu misma figura, tu mismo pelo y tu misma sonrisa. Y mientras tanto, yo me sigo preguntando si tu corazón sigue siendo el mismo, si esta vez te detendrás aquí en mi casa, si finalmente no te importará si yo soy malo o bueno y finalmente cederás a mis íntimos deseos.

Hazme caso, Santa, no seas malito…

jueves, 24 de noviembre de 2011

De Reencuentros y Serendipity


Estuvo seis años soñando con este momento, disfrutando de la repetición en cámara lenta. Seis años subsistiendo a base de recuerdos que nunca sabrá si fueron realmente hermosos o si la mente los magnificó para sobrevivir el limbo en el que el recién nacido sentimiento iba a caer. Seis largos años, a veces olvidándose del sueño para poder seguir adelante sin el pesado fardo de la ilusión de lo que nunca se ha tenido.

Bendijo la hora y el lugar de hace seis años. Aquella mañana, sin embargo, cambió el miedo de no conocer nunca a alguien así, por otro mucho mayor: el de no volver encontrase nunca de nuevo. Por eso se felicitó por la osadía de haber escrito aquel mensaje en un papelito y por el tino de haber usado a la azafata como celestina. La escala que les tocó compartir fue suficiente solo para aprenderse los nombres y las miradas, jamás iba a dar el tiempo para aprenderse el olor de sus cuellos, el compás de sus respiraciones, o la temperatura de los dedos recorriendo sus pechos. Apenas se habían conocido y ya había que despedirse. Este era el famoso punto único en el que dos líneas perpendiculares podían tocarse, y ya  se había borrado.

Sistemáticamente, a medida que se alejaba por aquel pasillo, iba volteando una y otra vez a ver aquel rostro que se hacía más pequeño en el espacio y más grande en su memoria. Sus miradas se quedaron enredadas hasta donde fue físicamente permitido, y aun al cruzar la línea de seguridad, sentía aquella tierna mirada acompañándolo, y la sensación del serendipity a tope.

Al cabo de diez minutos sintió que la separación se le hacía eterna. El reloj, consciente del poder de sus manecillas que disolvían  pasiones y maduraban sentimientos, se ensañó  con el afán de este loco por querer detener el tiempo y violar sus leyes, por eso aquellos diez minutos que le habían parecido interminables, los terminó repitiendo trescientos quince mil veces. Pero en ese momento, decidió que iba a volver atrás, para decirle que no podía respirar sin suspiros, que sentía su pecho romperse, que ya nunca iba a ser el mismo. Empezó a recorrer el pasillo que lo llevaría al reencuentro, primero caminando, luego corriendo, tratando de que sus latidos fueran más poderosos que aquel maldito tictac. Pero en un extraño momento de razón, entendió que no iba a llegar a tiempo, por eso tuvo que desandar sus pasos mientras se preguntaba dónde había quedado su cordura.

En el siguiente vuelo cerró los ojos para soñar con otras escalas en las que el corazón no tuviera que hacer migración y aduana, con otro viaje en el que los asientos esta vez eran contiguos, sin equipaje y sin destino, solo disfrutando la complicidad y la mutua compañía, la cabeza reclinada en su pecho, mirándose a los ojos con la seguridad de saberse predestinados. Finalmente los recuerdos y los sueños se fueron mezclando y quedaron flotando en una especie de nebulosa, hasta que se diluyeron en un líquido amniótico en el que se mezclaban lo que fue, lo que pudo haber sido, lo que podría ser, y lo que nunca será.

Y hoy, seis años después, en el momento del reencuentro, un simple abrazo bastó para romper fuente. En ese instante, al sentir el alma galopando y desconocidas esperanzas corriendo por sus venas, entendió por fin de dónde nacen las sonrisas, como las muchas que nacían en ese momento su interior.

Sin haberse ajustado el cinturón, el corazón se fue abriendo paso entre el tránsito de la noche hasta llegar a su nuevo rincón favorito y encontrar todavía más razones para sonreír, y nuevos recuerdos que añadir a la lista de aquella vez: la sombra que hacía la luz de la farola en su rostro, el ligero ascenso de su lunar cuando se asomaba el perfecto arco de su sonrisa, el brillo en sus ojos cuando escuchaba una palabra que le ruborizaba, la suavidad de sus manos que se posaban por dos segundos y medio en estas otras manos.

Ante aquella sobrecogedora sensación de saberse en el lugar correcto, a la hora correcta y al lado de la persona correcta, quiso llorar de alegría, gritarle al mundo que se sentía vivo, correr por aquellas calles que no conocía, avisarles a todos que esta vez no lo despertaran. Aquel punto de llegada, de repente se había convertido en un punto de partida.

La sensación de serendipity se hizo certeza en el reencuentro, y ahora ya no le cabía duda: Estaba dispuesto a recorrer todos los pasillos de todos los aeropuertos del mundo si fuera necesario para poder volver a vivir este reencuentro.